Trasvase Tajo-Segura: la beligerancia que ignora la hidrología

Los embalses de la cabecera del Tajo están, en este momento, a niveles relativamente altos. Más altos, desde luego, que la media de las últimas décadas. Esta circunstancia —en sí misma positiva— tiene un efecto secundario que conviene nombrar con claridad: proporciona una coartada perfecta para seguir sin actuar.

Las sentencias del Tribunal Supremo han despejado ya todas las excusas jurídicas. Los caudales ecológicos del Tajo tienen respaldo legal sólido y jurisprudencia consolidada. Las Reglas de Explotación llevan años sin adaptarse a esa nueva realidad, incumpliendo además el plazo establecido en el propio Real Decreto 35/2023. Sin embargo, el proceso de reforma sigue sin iniciarse formalmente. La razón no es técnica ni jurídica. Es más sencilla que eso: cuando los embalses están llenos, resulta difícil explicar que hay un problema. Y lo que resulta difícil de explicar tiende a aplazarse. Es un ejemplo claro del patrón del “ciclo hidro‑ilógico” definido por I.R. Tannehill en 1947: olvidar la sequía en cuanto pasa.

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Evaporación en embalses: ¿pérdida o parte del proceso de regulación?

Hablar de evaporación en los embalses suele hacerse en términos de “pérdida”. La expresión es tentadora: agua que se evapora es agua que no llega al grifo, al riego o al río. De ahí derivan frases tan gráficas como “dar de beber al sol” o “entregar agua a la atmósfera”. Sin embargo, esta forma de plantear el problema es conceptualmente pobre y, en algunos casos, conduce a conclusiones equivocadas.

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