De la senectud

Cuando se ha rebasado el fielato de los 80 años, límite convencional para la primera vejez, pensamos que hay actos ─pocos─ que creemos estar obligados a hacer por nuestro bien. Me refiero a los que andamos zascandileando por la Corte, como se llamaba antiguamente a la capital de las Españas. Por ejemplo, asistir a alguna función seria de teatro, preferentemente en salas que retienen mucha historia entre sus paredes, como la reconstruida del Teatro Español después de su incendio de 1975. El otro día tuve ocasión de presenciar Un tranvía llamado Deseo, de Tennessee Williams, una de las cumbres de la dramaturgia norteamericana, de finales de los años 40 del pasado siglo. Las entradas hubo que obtenerlas muchos meses antes. Durante la función, de tres horas de duración, que se hacían pesadas a pesar de la excelente interpretación de Nathalie Poza en el papel de Blanche Dubois, no dejé de recordar la clásica película de Marlon Brando y Vivien Leigh de 1951. La obra sigue viva a pesar del tiempo transcurrido, debido a representar el conflicto entre la machosfera y el espíritu libre y soñador de la fémina.

Otra cosa obligada para los senectos melómanos es no dejar las audiciones de música, a ser posible con asistencia a las salas de conciertos con grandes orquestas sinfónicas interpretando obras del siglo XX, como pueden ser las sinfonías de Mahler, Bruckner, Sibelius, Rachmaninoff, Elgar, Prokofiev, Shostakóvich, … Tienen la virtud de que los clímax con el tutti orquestal te despiertan si estás echando una cabezadita. Al que prefiera la ópera, si puede costársela económicamente, que frecuente el Teatro Real. Se divisa una buena temporada.

Y un párrafo sobre la inevitable literatura. Aparte de los libros de actualidad (de pensamiento, ¿¡eh!?, nada de… relatos…; no se está ya para perder el tiempo), conviene bajar de vez en cuando a nuestros clásicos; por ejemplo, a Ortega, al que empezamos a olvidar. Dejando aparte la manía del maestro sobre las masas y su invasión, cuyo texto nos parece impermeable al progreso (o sea, reaccionario), en muchos otros textos no se va de vacío. Así, por ejemplo, sus Divagaciones sobre el cuadro de la marquesa de Santillana, de Jorge Inglés, referente a la diferencia de las psicologías masculina y femenina, cuya lectura es una delicia. El ensayo de Ortega puede verse en Google entrado con el título subrayado. También cabría recordar otro de sus ensayos con enjundia: En torno a Galileo, escrito hacia 1934, referente a la teoría de las generaciones y al nacimiento de la ciencia en Occidente.

Podemos terminar estas breves líneas con poesía clásica. Si en algún momento te sientes pesimista, quizá por oír y ver noticias políticas de actualidad, mi hermano senecto, entonces puedes recurrir al zascandil de Quevedo y su estancia final en su Torre de Juan Abad:

   Retirado en la paz de estos desiertos,
   con pocos, pero doctos, libros juntos,
   vivo en conversación con los difuntos
   y escucho con mis ojos a los muertos.
Francisco de Quevedo

Autor:

Bernardo López-Camacho y Camacho

Dr. Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos
Ver todas las entradas de Bernardo López-Camacho y Camacho
Marcar el enlace permanente.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

0 Comments
Antiguos
Recientes Mejor valorados
Inline Feedbacks
View all comments