La extraña función de la presa de El Pardo y otras trivialidades.

Un día de verano en la década de los años sesenta, mientras Su Excelencia el general Franco regresaba desde el cercano campo de golf al palacio de El Pardo, comentó a los ayudantes que le acompañaban (poco más o menos): «¡Qué amarillo y seco está este año el campo de golf! Con la cantidad de embalses que he inaugurado, ¿no se podría construir uno por acá?» El mensaje fue trasladado rápidamente a quién pudiere corresponder. Con notable celeridad se elaboró el proyectó, se adjudicaron las obras y se construyó la denominada presa de El Pardo. (Comunicación personal, durante una visita a la misma en 1974, del ingeniero de la Confederación del Tajo que participó en el proyecto, construcción y estaba encargado de la explotación de la presa).

La presa de El Pardo, inaugurada en 1970, es un dique de tierra de 35 m de altura y 830 m de coronación, que ocupa una superficie de 550 ha, con una capacidad máxima de 43 hm³. Dispone de un aliviadero con compuertas con capacidad para 750 m³/s, y dos desagües de 28 m³/s de capacidad conjunta. El espaldón de la presa se sitúa a escasos metros de las tapias del cementerio de El Pardo/Mingorrubio, donde tienen su sepultura definitiva el Caudillo y su entourage. El embalse no tiene usos definidos, pero en algún lugar se cita que su función es «regular avenidas». La avenida considerada en su proyecto es de 666 m³/s. Vayamos en primer lugar a tratar este asunto.

Hasta que en 1908 el rey Alfonso XIII inauguró la presa de Santillana, el río Manzanares no presentaba obstáculos relevantes para que sus avenidas discurriesen libremente por el curso que atraviesa la capital. No parece que los daños debidos a las mismas fuesen de gran magnitud, como aparecen reseñadas las grandes inundaciones en otros lugares de nuestra geografía. Al contrario, la preocupación frecuente de los madrileños era la sequía y el escaso caudal del río, sobre todo en verano. Son célebres los versos que le dedicó Tirso de Molina: «Como Alcalá y Salamanca tenéis, y no sois colegio, vacaciones en verano y solo curso en invierno». El río se utilizaba sucesivamente, de suso a ayuso, para bañarse hasta primeros de junio (los célebres baños de asiento e impresión; impresión del bañista cuando solo discurrían unos hilillos de agua); lavado de la ropa en las proximidades del puente de Segovia; y, a partir del puente de Toledo, del vertido de los líquidos de los curtidores (Ribera de Curtidores), del refresco con agua del pescado (mercado de la Puerta de Toledo) durante los seis meses del verano madrileños, como decían los cronistas de la Villa y Corte; y de los excrementos arrastrados de las calles por el curioso trajín diario de la marea. La empresa privada del marqués de Santillana tenía por objeto proporcionar agua y energía eléctrica a los barrios del norte de Madrid en competencia con la empresa pública Canal de Isabel II.

En 1970 se amplía la presa de Santillana con un nuevo dique de escollera y pantalla asfáltica que engloba a la antigua presa en el vaso del embalse. La presa actual tiene 40 m de altura y 1375 m de coronación. Cubre una superficie de 1052 ha, con una capacidad de almacenamiento de 91 hm³. Su aliviadero es capaz de desaguar 270 m³/s, y sus desagües de fondo 32,6 m³/s. La avenida de proyecto considerada (500 años de periodo de retorno) es de 550 m³/s. Dado que la cuenca intermedia entre las presas de Santillana y El Pardo es de 538 km2, parece que la principal función de laminación correspondería a la presa de aguas arriba y la decisión de considerar una avenida de proyecto en la presa de El Pardo de 666 m³/s, como si no existiera la de aguas arriba, es discutible. 

Entrando en el espinoso tema del llamado caudal generador, debo comenzar expresando que en el recorrido que hice por la llamada senda fluvial el 4 de mayo entre el puente de los capuchinos y la presa (unos 3 km), encontré el curso del río invadido –casi totalmente en algunos tramos–por la vegetación de ribera, las aguas remansadas y bastante turbias y, en algún punto, malos olores. Por el contrario, se apreciaba una gran multitud de aves canoras con un gorjeo de alta intensidad y unos fresnos de gran porte cerca de la presa. Es decir, se echaba en falta la suelta por el cauce de un caudal de limpieza, arrastre de sedimentos y vegetación invasora, (llámese generador o como se quiera) que rejuvenezca el entorno fluvial. Este caudal debería ser del orden de la centena de metros cúbicos por segundo, pues caudales menores, del orden de la decena, causan escasos efectos. El diseño de la operación parece sencillo: pasar del embalse de Santillana al de El Pardo unos 10 hm³ que se almacenarían cerrando las compuertas de las que está dotado el aliviadero; se procedería a su suelta en poco tiempo manejando dichas compuertas. Para esta operación existe un problema: resulta que las compuertas del aliviadero están soldadas en su posición más alta, pensamos que con el objeto de traspasar las responsabilidades de los posibles daños de una avenida aguas abajo de la presa de El Pardo, a la presa de Santillana cuya gestión depende de otra administración. Pero también pensamos que, de producirse una avenida con daños, sería difícil explicar ante el juez la razón de esta situación de las compuertas, diseñadas en el proyecto precisamente para regular las crecidas. Otra ventaja de esta suelta de un caudal generador o regenerador, sería comprobar si la rasante de la M-40 en el cruce del río cerca de los túneles de El Pardo (al parecer, autorizados en su día por la Confederación del Tajo) puede constituir un obstáculo para el discurso de los caudales circulantes en caso de avenidas.

En cuanto a la función ecológica del embalse de El Pardo existen argumentos en pro y en contra, ya que se ha transformado el régimen fluyente del río en un lago permanente (con otros valores diferentes al ubicarse en un lugar seco), con cambios permanentes del ecosistema. En sus tiempos también se decía que la suelta de caudales en verano servía para combatir los mosquitos en el tramo urbano; hoy no puede sostenerse esta razón.

Vayamos a otro asunto. ¿No habría otra forma de regar el campo de golf del Caudillo, sin necesidad de construir para ello un embalse que anegara 550 ha de terrenos del valle del río, de gran valor ecológico? La respuesta es rápida: sí que lo hubo, como ha hecho posteriormente, por ejemplo, el campo de golf de la Real Federación Española de Golf, situado a la salida de los túneles del El Pardo, que ha recurrido a perforaciones. Detengámonos un momento en este tema. Dentro de los trabajos del Patrimonio Nacional en El Pardo, merecen citarse las labores llevadas a cabo por Rafael Janini Janini (1866-1948), ingeniero agrónomo, natural de Tarragona. Los trabajos que más le ocuparon se refieren a la lucha contra la filoxera y la recuperación de viñedos. Pero, por lo que ahora nos importa, nos centraremos en los pozos artesianos que perforó en El Pardo entre 1906 y 1913. Para ello importó maquinaria de vapor para la perforación de los pozos por el método de circulación directa de lodos, del mismo modo que se estaba haciendo en EEUU para el petróleo. Perforó hasta 17 pozos artesianos (ahora diríamos surgentes); alguno logró alumbrar un caudal de unos 100 l/s, lanzando chorros espectaculares de hasta veinte metros de altura. De todo ello hay fotografías en Google, que pueden verse en la dirección www.pasionpormadrid.com/2014/12/los-pozos-artesianos-de-el-pardo/html. Con dichos caudales se pusieron en riego 187 ha, junto con unas 500 de secano. Hoy no queda nada ni de los pozos ni de los cultivos. Pero sería extraño que Patrimonio Nacional no tuviese memoria de estos trabajos.

Además, resulta que, junto a la tapia del Monte de El Pardo, por el lado de Fuencarral, está situado el campo de pozos más importante con el que cuenta el Canal de Isabel II para su explotación en los periodos de sequía. Los pozos (unas 8 unidades) junto con sus instalaciones de conexión con el depósito de El Goloso, fueron construidos a principios de la década de los años setenta por la empresa privada Agua y Suelo S.A., con capital y tecnología alemana. Posteriormente pasaron al Canal, que en entre 1993 y 2008 sustituyó el conjunto de los pozos y las instalaciones de bombeo por nuevas unidades provistas de las últimas tecnologías del sector, como fueron variadores de frecuencia, protección catódica monitorizada, aire acondicionado para disipar el calor generado por los variadores y transmisión automática de datos a la central del Canal. Los nuevos pozos alcanzan profundidades de 600 m (más abajo aparecen agua muy mineralizadas, no aprovechables) y disponen de equipos de bombeo de hasta 600 kW por unidad, capaces de extraer en conjunto 800 l/s en punta y unos 20 hm³en un año continuado de extracción. Más detalles pueden verse en: López-Camacho, B. e Iglesias, J.A. (2000), Las aguas subterráneas en los abastecimientos. Un decenio de experiencia del Canal de Isabel II. Revista de Obras Públicas, Núm. 3403, año 2000.

Llegados a este punto, quizá el curioso lector, si ha tenido la santa paciencia de llegar hasta aquí, se quede algo sorprendido por el misterio de los pozos «manadores» en un lugar tan castizo como El Pardo, y puedo imaginar que me pida explicación sobre la hidrogeología de tal fenómeno. Pero el asunto es algo largo y científico, por lo que aviso que, si tiene prisa, y no le interese mucho el asunto, pase a otra cosa más divertida. Para los que sigan leyendo, allá vamos.

Desde el punto de vista geológico la cuenca de Madrid es un clásico tipo de cuenca sedimentaria continental. El relieve emergido de la Sierra de Guadarrama ha ido proporcionando materiales detríticos por erosión (arcillas y arenas) que han rellenado una franja de unos 20-30 km de anchura paralela al relieve granítico de la sierra,hasta encontrarse con los materiales evaporíticos del centro de la cuenca (margas y yesos). Para conocer la hidrogeología de este acuífero (denominado posteriormente como Acuífero Terciario Detrítico de Madrid- ATDM), y a la vista de su creciente aprovechamiento para núcleos urbano s próximos a Madrid (Móstoles, Fuenlabrada y Parla, entre otros), así como numerosas urbanizaciones no conectadas a las redes de abastecimiento del Canal, a principios de los años 70, Ramón Llamas promovió y dirigió un conjunto de cinco tesis doctorales (una por cada cuenca hidrográfica en la que emergían los materiales detríticos); de derecha a izquierda: cuenca del Henares por Fermín Villarroya; Jarama por Fernando López Vera; Manzanares, Pedro Emilio Martínez Alfaro; Guadarrama, Luis Rebollo; y Alberche, Antonio Sastre. Los doctorandos llevaron a cabo una labor memorable, recorriendo el territorio que les correspondía y obteniendo una gran cantidad de datos geológicos e hidrogeológicos que fueron la base de numerosos estudios posteriores de diversos autores. Al autor de estas líneas le correspondió en su tesis de doctorado el análisis con métodos estadísticos de la distribución geográfica de las permeabilidades del acuífero en su conjunto, trabajo que llevó a cabo contando para ello con una beca de investigación individual de un año de duración de la Fundación Juan March del año 1974. Estas becas de investigación eran las más prestigiosas de España en aquellos años. Por aquellas fechas, también publiqué un artículo en la Revista de Obras Públicas (López-Camacho, B. «Análisis económico de las posibilidades de las aguas subterráneas en las proximidades de Madrid», 1974, Núm. 3114) llamando la atención sobre el interés del ATDM para satisfacer las demandas no abastecidas por el Canal de Isabel II. Recuerdo como anecdota que José Torán, a la sazón presidente de la Comisión Internacional de Grandes Presas, me envió un tarjetón manuscrito con su felicitación por el artículo. Hay que tener en cuenta que, por aquellos años, la demanda de la región de Madrid para el año 2000 se cifraban en unos 2000-2500 hm³/año, para lo que se proponía por el CEDEX un trasvase desde el río Tormes. 

El acuífero ATDM es multicapa, a modo de un sándwich, en el que alternan capas de arcilla más o menos arcillosa que engloban capas métricas de arena más o menos arcillosas, de modo que las capas más permeables ocupaban a lo sumo un 20% de las columnas de perforación. A principios de los años 70 no se tenía una idea clara del funcionamiento de este tipo de acuíferos. Se contrató a un afamado consultor estadounidense (Jim Gerathy) que, después de consultar los datos existentes y recorrer el territorio, recuerdo que recomendó estudiar y monitorizar con piezómetros cada capa de arena por separado, sin tener en cuenta que, en los cortes hidrogeológicos realizados, las capas de arena no tenían continuidad lateral, presentándose como un conjunto más o menos caótico, producto de conos de deyección con canales anastomosados desde el relieve de la Sierra. Había que intentar otros caminos de explicación. Ramón Llamas descubrió los trabajos de Hubbert y publicó un artículo con unos dibujos que recogían conceptualmente el funcionamiento de tales cuencas con flujos locales, intermedios y regionales, pero no entró en su justificación rigurosa.

Marion King Hubbert (1903-1989) fue un geofísico que trabajó en la compañía Shell de Houston, en el United States Geological Survey (USGS) y en la Universidad de Stanford. Estudió el flujo de fluidos en el interior de la tierra enfocados hacia el descubrimiento de disponibilidades de reservas de petróleo y gas natural. Es autor de la célebre curva de Hubbert, que establece que la extracción de petróleo de un yacimiento tiene la forma de una ley normal o de Gauss, de manera que el pico máximo de extracción (también llamado pico de Hubbert) se produce cuando se han extraído la mitad de las reservas. Pronosticó que la producción de petróleo mundial alcanzaría su máximo hacia 1995, momento a partir del cual descendería. Se conoce que Hubbert no conocía un dicho fundamental en la economía: «se puede dar una fecha o una cifra, pero no las dos cosas simultáneamente». Fue promotor del movimiento tecnocrático estadounidense que, entre otras doctrinas, propugnaba llevar a cabo una contabilidad mundial energética sin economía de mercado.

Gracias a una beca del Colegio de Ingenieros de Caminos de 1975, similar a las de la Fundación March, pude realizar un trabajo teórico sobre los flujos del agua en cuencas sedimentarias continentales, seguido de una aplicación a la cuenca sedimentaria de Madrid. Sobre esta cuestión pronuncié la conferencia de inauguración de una edición del Curso Internacional de Hidrología Subterránea de Barcelona, con el título «Geohidrología de las cuencas sedimentarias continentales». En régimen estacionario y considerando un medio homogéneo y anisótropo (la permeabilidad vertical cien veces menor que la horizontal), discretizando la ecuación de Laplace (ecuación de la difusión, en derivadas parciales de segundo orden) en un corte vertical del terreno por medio de un modelo de diferencias finitas, obtuve matemáticamente los citados flujos locales, intermedios y regionales con sus correspondientes puntos de estancamiento Asimismo, mediante una serie de modelos simplificados simulando capas de distintas permeabilidades, demostré que una capa con una permeabilidad 10 veces menor que el conjunto altera poco el flujo, mientras que si fuese 1000 veces menor que el resto, lo alteraría fuertemente. La conclusión general fue que, en hidrogeología, los fenómenos (p.ej. la permeabilidad media equivalente) no se acomodan a una ley de efectos aditivos (ley normal o de Gauss) sino mucho mejor a una ley de efectos multiplicativos (ley lognormal o de Galton). Un resultado llamativo de estos trabajos fue la demostración de que las perforaciones en zonas de recarga (interfluvios) producían un descenso del nivel piezométrico a medida que se iban profundizando; al contrario, las perforaciones en zonas de descarga presentaban un ascenso llegando a ser surgentes (nivel piezométrico por encima de la cota del terreno). Esta conclusión fue ratificada tanto por los pozos de Janini en El Pardo, como pozos perforados en la cuenca del Alberche, punto más bajo del ATDM. Además, en los puntos de descarga (flujos regionales) la mineralización del agua aumentaba notable y bruscamente con la profundidad, suceso que acontecía en las proximidades de la confluencia del Alberche con el Tajo, el punto de descarga más bajo de la cuenca, lo que venía a confirmar el modelo del sistema del flujo por otra vía, la de la geoquímica.  Por fin, en cuanto la aplicación de estos trabajos a la presa de El Pardo, se demostró que la componente principal de las subpresión detectada por la red de más de 100 piezómetros instalados mediante tubos de plástico (el nivel en la mayoría de ellos era superior a la cota del terreno); digo, que la componente principal de la subpresión provenía del flujo subterráneo ortogonal al río, y no como era habitual en los tratados de presas, de la acción de las aguas almacenadas en el embalse en el sentido de la corriente. La subpresión creada en la base del desagüe de fondo de la presa, que era el punto crítico, obligó a proyectar y realizar un tapón de hormigón que aumentase el peso del terreno en ese punto, que se encontraba en un equilibrio estricto respecto a la capa de arenas situada a unos 17 m de profundidad entre dicho peso de la cobertera respecto a la presión del agua ascendente.

Autor:

Bernardo López-Camacho y Camacho

Dr. Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos
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