La tarde del entierro de Carrero

En la tarde del viernes 21 de diciembre de 1973 estaba previsto el sepelio del almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno, asesinado por terroristas de ETA el día anterior, 20 de diciembre. Aquel día nos reunimos en comida de trabajo, como era frecuente, en el restaurante barato La gloria de Valdepeñas del Paseo de Extremadura, Andrés Sahuquillo Herráiz, jefe de la sección de Hidrogeología del Servicio Geológico de Obras Públicas[1] y los entonces ingenieros jóvenes contratados por dicho organismo Juan Manuel Aragonés Beltrán[2] y el autor de este relato[3]. Es de destacar que la actividad laboral en España durante aquellos días se mantuvo con total normalidad por la decisión del presidente del Gobierno en funciones, Torcuato Fernández Miranda, que evitó la declaración de estado de excepción. Hasta el punto de que al día siguiente, sábado 22, tuve ocasión de asistir a la boda de unos amigos en la iglesia de la Ciudad Universitaria seguida de un banquete nupcial en el hotel que cierra por el mediodía la plaza de Santa Ana, en el centro de Madrid, sin ningún contratiempo.

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De la senectud

Cuando se ha rebasado el fielato de los 80 años, límite convencional para la primera vejez, pensamos que hay actos ─pocos─ que creemos estar obligados a hacer por nuestro bien. Me refiero a los que andamos zascandileando por la Corte, como se llamaba antiguamente a la capital de las Españas. Por ejemplo, asistir a alguna función seria de teatro, preferentemente en salas que retienen mucha historia entre sus paredes, como la reconstruida del Teatro Español después de su incendio de 1975. El otro día tuve ocasión de presenciar Un tranvía llamado Deseo, de Tennessee Williams, una de las cumbres de la dramaturgia norteamericana, de finales de los años 40 del pasado siglo. Las entradas hubo que obtenerlas muchos meses antes. Durante la función, de tres horas de duración, que se hacían pesadas a pesar de la excelente interpretación de Nathalie Poza en el papel de Blanche Dubois, no dejé de recordar la clásica película de Marlon Brando y Vivien Leigh de 1951. La obra sigue viva a pesar del tiempo transcurrido, debido a representar el conflicto entre la machosfera y el espíritu libre y soñador de la fémina.

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Rarezas y curiosidades del mundo del agua

Me las he vuelto a ver con un libro sorprendente que tuve anteriormente en mis manos cuando lo adquirí hacia 1980: se trata de El ente dilucidado, de Fray Antonio de Fuentelapeña, original publicado en 1676. Lleva como subtítulo Tratado de Monstruos y Fantasmas, y fue reeditado por Editora Nacional (Madrid) en 1978 en papel biblia (768 páginas), dentro de su colección Biblioteca de Visionarios, Heterodoxos y Marginados.

Te imagino, caro lector, a partir de los créditos anteriores, preguntándome qué tendrán que ver los monstruos y fantasmas con nuestro “líquido elemento”. Máxime si nos atenemos a la explicación que da el propio fray Antonio de su obra: Discurso único, novísimo que muestra hay en la naturaleza animales irracionales invisibles, y cuáles sean. Fray Antonio dedica 1836 apartados numerados o parágrafos para darnos noticia de que existen innumerables seres invisibles en nuestro mundo, así como otras curiosidades. A título de ejemplo: se detiene a proponer y demostrar cuál de los tres sexos es el mejor entre varones, mujeres y hermafroditas, llegando a la conclusión de que el superior es el del varón, ya que es el único que puede tener órdenes sagradas.

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El balón de Teodoro Rincón

A mis compañeros de Bachillerato de 1956 y a nuestro maestro don Cristóbal

Abril de 1956. Colegio de don Cristóbal. Teníamos 13-14 años y nos encontrábamos en el cuarto curso del Bachillerato de entonces. ​En el curso éramos un total de 25 alumnos y alumnas.

Aquel jueves había amanecido un día espléndido de primavera. La sangre nos hervía. Cuando poco antes de las nueve llegamos al colegio, entre unos cuantos comenzamos a poner en marcha la conspiración; es decir, ver cómo nos podíamos escapar para ir a jugar un partido de fútbol, nuestra pasión. Como el día siguiente era primer viernes de mes, enseguida urdimos un plan.

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¿Cómo se llamaba…?

 ─ …la cosa sucedió en el salón de plenos del Ayuntamiento de Daimiel, a finales de los 80. El impulsor de las jornadas sobre las aguas subterráneas, los riegos, las Tablas de Daimiel, el acuífero veintitrés y todo eso era (¿cómo no?) Ricardo Ibáñez Gerez. Con algo de sorna, no exenta de admiración, a veces le llamábamos Ricardo Ibáñez Adreda, como dejando caer que además del artífice, presidente y alma mater de su asociación, Adreda, era algo más, …como el todo.

 ─ ¡Ya! Pero, ¿no fue Ibáñez quien más luchó por las Tablas?

 ─ ¡Ya lo creo! Y lo que tiene más mérito: en una época en que estas cosas se ventilaban entre cuatro gatos. Pero él se encargaba de multiplicar los gatos, atizando artículo tras artículo en el diario Lanza de Ciudad Real.

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