La retórica del miedo en el debate del Trasvase

En los últimos años, las declaraciones de políticos y usuarios en la cuenca receptora del Trasvase Tajo-Segura se han ido encrespando. Cada vez se habla menos de hidrología, planificación o límites físicos del sistema, y cada vez más de consecuencias económicas, sociales y territoriales asociadas a una eventual reducción de los envíos.

Ese desplazamiento no es casual. Responde a una forma concreta de construir el relato que merece ser analizada con calma. No para deslegitimar intereses legítimos, sino para entender por qué el debate se ha ido alejando de aquello que realmente determina el funcionamiento del Trasvase.

Del análisis técnico al relato económico

Uno de los ejes centrales de ese discurso es la presentación del Trasvase como un motor económico imprescindible. Se invocan con frecuencia cifras de empleo, exportaciones, valor añadido o impacto en el PIB, procedentes de estudios encargados ad hoc por los usuarios del Trasvase, y se construye a partir de ellas una relación casi directa entre volumen trasvasado y bienestar social en el Sureste.

El mensaje subyacente es claro: reducir el Trasvase equivale a poner en riesgo la economía regional. El agua trasvasada deja así de aparecer como un recurso condicionado por límites físicos y legales y pasa a presentarse como un pilar estructural del modelo productivo.

Sin entrar aquí a discutir la validez o el alcance de esas estimaciones —que suelen centrarse en efectos parciales y no abordan el sistema en su conjunto—, el problema de este enfoque es otro: desplaza el debate a un plano que no es el que determina cuánta agua puede trasvasarse. La magnitud de los impactos económicos no altera la disponibilidad real del recurso ni los límites que impone su gestión sostenible.

Cuando el debate se formula como amenaza

A partir de ahí, el paso siguiente es el recurso sistemático a escenarios de colapso. Se advierte de destrucción de empleo, abandono del campo, pérdida de la competitividad, encarecimiento de los alimentos o incluso problemas de abastecimiento si se reducen los envíos desde el Tajo.

El debate deja entonces de girar en torno a la disponibilidad real del recurso y pasa a centrarse en las consecuencias de no disponer de él. No se discute cuánta agua hay ni qué exige la planificación, sino qué ocurrirá si el Trasvase no sigue funcionando como hasta ahora.

Es una retórica eficaz para movilizar apoyos y enardecer ánimos, pero profundamente desenfocada.

Un error de base: confundir planos que deben estar separados

El volumen de agua que puede trasvasarse no depende de su impacto económico en la cuenca receptora. Depende exclusivamente de la hidrología real del Tajo, de las obligaciones ambientales derivadas de la normativa vigente y del principio de prioridad de la cuenca cedente.

Los beneficios económicos en la cuenca receptora no crean agua en la cuenca cedente. Por relevantes que sean, no alteran las aportaciones disponibles ni los límites físicos del sistema.

Cuando se mezclan ambos planos —el de la disponibilidad del recurso y el de sus efectos económicos— se introduce una confusión que no solo no ayuda a resolver el problema, sino que lo agrava.

La politización como atajo retórico

En este contexto, una parte del discurso ha incorporado además elementos de confrontación política general. Decisiones derivadas del cumplimiento de la legislación vigente o de resoluciones judiciales se presentan no como obligaciones propias del Estado de Derecho, sino como opciones políticas atribuibles a un gobierno concreto.

Este desplazamiento tampoco es inocente. Al situar el debate del Trasvase en el marco de la confrontación política nacional, se diluye su naturaleza técnica y jurídica. El problema deja de ser cuánta agua hay disponible o qué exige la planificación, y pasa a interpretarse como una decisión ideológica frente a otra.

El efecto es inmediato: se amplía artificialmente el campo del conflicto y se alinean apoyos que no necesariamente comparten el diagnóstico ni las reivindicaciones de fondo, pero sí una oposición general al gobierno de turno. El Trasvase deja de discutirse como un sistema hidráulico condicionado por límites físicos y legales, y pasa a funcionar como un símbolo más dentro de una confrontación ajena a su realidad física y jurídica.

Cuando el debate se traslada a ese terreno, se pierde lo esencial: que ni los ríos ni las sentencias entienden de ciclos electorales.

La sacralización del Trasvase

Más allá de la retórica del miedo y de la confrontación política, hay un elemento más profundo que ayuda a explicar la persistencia del discurso: la sacralización del Trasvase.

En amplios sectores del Sureste, el Trasvase ha dejado de percibirse como una infraestructura sujeta a límites y condiciones para convertirse en una creencia estructural, cuya bondad se da por supuesta. Siguiendo la distinción clásica de Ortega y Gasset, el Trasvase ha dejado de ser una idea que se analiza para convertirse en una creencia en la que se está. Las creencias no se discuten ni se contrastan: se presuponen. Sobre ellas se organiza la percepción de la realidad y, cuando se ven cuestionadas, la reacción no suele ser técnica, sino defensiva. De ahí la deriva hacia el miedo, la amenaza o la confrontación política.

En ese marco, cuestionar volúmenes, introducir restricciones o plantear escenarios de menor disponibilidad no se interpreta como un ajuste técnico necesario, sino como una amenaza existencial.

Pero este pensamiento no se limita al ámbito social o político de la cuenca receptora. Con el paso del tiempo, también se ha normalizado en determinados ámbitos de la Administración y entre algunos agentes de la propia cuenca del Tajo. La idea de que el Trasvase es razonable, necesario o incluso indiscutible ha llevado a asumir como aceptable un sacrificio continuado del Tajo, presentado como el precio inevitable a pagar por un supuesto bien mayor.

Cuando una política pública se sacraliza, deja de evaluarse con los criterios ordinarios. Los costes se minimizan, las alternativas se posponen y los impactos negativos se asumen como daños colaterales inevitables. El sistema ya no se gestiona buscando el equilibrio y pasa a gestionarse para preservar el dogma.

En ese contexto, la vehemencia, la repetición y la exageración del discurso no alteran la realidad hidrológica. La retórica puede inflar expectativas, pero no crea agua.

Un discurso que perjudica al Sureste

Esta forma de plantear el debate no solo genera tensión territorial. Tiene efectos reales y perjudiciales, también para la cuenca receptora.

Al insistir en mantener expectativas de disponibilidad incompatibles con la hidrología real del sistema, se retrasa la adopción de medidas de adaptación necesarias: diversificación de recursos, ajuste de demandas y una planificación territorial coherente con la disponibilidad de agua y con un escenario de menor dependencia del Trasvase.

La retórica del miedo no protege al Sureste. Lo expone, al aplazar decisiones difíciles pero inevitables.

Cambiar el marco del debate

Defender intereses legítimos no justifica negar la realidad ni desplazar el debate hacia escenarios catastróficos o confrontaciones políticas generales. Exige, precisamente, asumir los límites del sistema y trabajar a partir de ellos.

El futuro del Trasvase no se decide en los titulares ni en los argumentarios. Se decide en la planificación hidrológica, en el cumplimiento de la ley y en la capacidad de anticiparse a una realidad de menor disponibilidad de agua.

Y aquí está el verdadero problema: mientras el debate siga formulándose desde el miedo y no desde el rigor, se seguirá perdiendo tiempo. Un tiempo que no se recupera con discursos ni con consignas ni con enemigos imaginarios.

La intensidad del discurso puede crecer indefinidamente; la disponibilidad real de agua, no.

Autor:

Antonio de Lucas Sepúlveda

Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos (UPM) y Doctor por la Universidad de Alcalá en el programa Hidrología y Gestión de los Recursos Hídricos.
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