De la senectud

Cuando se ha rebasado el fielato de los 80 años, límite convencional para la primera vejez, pensamos que hay actos ─pocos─ que creemos estar obligados a hacer por nuestro bien. Me refiero a los que andamos zascandileando por la Corte, como se llamaba antiguamente a la capital de las Españas. Por ejemplo, asistir a alguna función seria de teatro, preferentemente en salas que retienen mucha historia entre sus paredes, como la reconstruida del Teatro Español después de su incendio de 1975. El otro día tuve ocasión de presenciar Un tranvía llamado Deseo, de Tennessee Williams, una de las cumbres de la dramaturgia norteamericana, de finales de los años 40 del pasado siglo. Las entradas hubo que obtenerlas muchos meses antes. Durante la función, de tres horas de duración, que se hacían pesadas a pesar de la excelente interpretación de Nathalie Poza en el papel de Blanche Dubois, no dejé de recordar la clásica película de Marlon Brando y Vivien Leigh de 1951. La obra sigue viva a pesar del tiempo transcurrido, debido a representar el conflicto entre la machosfera y el espíritu libre y soñador de la fémina.

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