Acabo de leer una vez más Mirabeau o el político, ensayo tremendamente sugestivo de Ortega y Gasset sobre la virtud de los grandes hombres políticos y otros asuntos relacionados con el poder. Me he animado a redactar/copiar unas líneas ahora, finales de noviembre de 2025, que estamos dándole vueltas al medio siglo de la llegada de la democracia a nuestro país de la mano de un rey en entredicho muchos años después. El raro lector al que me dirijo sabrá hacer los traslados en el tiempo que estime convenientes.
Mirabeau y la Revolución francesa son el pretexto de Ortega para reclamar una política que el siglo XX ha borrado del mapa: la de líderes políticos que supieron interpretar la situación política de su tiempo y supieron encauzar a su país hacia el futuro superando las dificultades que en su momento parecían amenazadoras. Ortega nos dice: “si fuese forzoso quedarse en la definición de la política con un solo atributo, yo no vacilaría en preferir éste: política es tener una idea clara de lo que se debe hacer desde el Estado en una nación”. Nuestro autor creía firmemente en el poder que encierra la obra política: en la fuerza que puede llegar a tener quien dirige una sociedad. Y también comparte un temor: el temor a la mediocridad y a la ignorancia del político poderoso sobre la realidad que ha de gobernar. Políticos poderosos ─César es el ejemplo—que sin embargo solo pueden aspirar a la verdadera grandeza cuando renuncian a dirigir la sociedad y, más bien, se dejan conducir por ella. Es comprensible, en 1927, el entusiasmo de Ortega por la personalidad y la propuesta política más importante de Mirabeau: la monarquía constitucional que, si en la Francia revolucionaria estaba destinada al fracaso, en la España revuelta de principios del siglo XX parecía la única salida coherente. No estaba tan lejos la situación de España hacia 1975.
“Siempre he creído ver en Mirabeau ─escribió Ortega en el primer párrafo de su ensayo─ una cima del tipo humano más opuesto al que yo pertenezco, y pocas cosas nos conviene más que el informarnos sobre nuestro contrario”. El texto de Ortega es un alegato sobre la doble moral que, casi inevitablemente, ha de distinguir la identidad de los verdaderos hombres de Estado. Veamos, en la propias palabras de Ortega como describe la situación política y la intervención de Mirabeau en la Asamblea General: “Si algo en el mundo tiene derecho a causar sorpresa y maravilla, es que este hombre, ajeno a las cancillerías y la administración, ocupado de un tráfago perpetuo de amores turbulentos, de pleitos, de canalladas, que rueda de prisión en prisión, de deuda en deuda, de fuga en fuga, súbitamente, con ocasión de los Estados Generales, se convierta en un hombre público, improvise, cabe decir que en pocas horas, toda una política nueva, que va a ser la política del siglo XIX (la monarquía constitucional); y esto, no vagamente y como en germen, sino íntegramente y en su detalle: crea no sólo los principios, sino los gestos, la terminología, el estilo y la emoción del liberalismo democrático según el rito del continente. En un instante Mirabeau ve en todo su futuro desarrollo la nueva política, y ve más allá aún: ve sus límites, sus vicios, sus degeneraciones y hasta los medios de desacreditarla que han sido, en efecto, los que siglo y medio más tarde la han traído al desprestigio”.
En definitiva, Ortega no pide a los políticos un certificado de buena conducta, sino capacidad para organizar un Estado. E incluso va más lejos: llega a contraponer las virtudes pequeñas ─la honradez, la veracidad, la templanza sexual─ a las virtudes “magnánimas”, tomando en cuenta que “[…] es, sin disputa, más fácil y obvio no mentir que ser César o Mirabeau”. Desde su punto de vista, pues, la moral del hombre capaz de dirigir un Estado no debe medirse por las irregularidades de su vida privada sino por sus aciertos o sus errores a la hora de gobernar el destino de una nación. Una moral política, que nada tiene que ver con las normas de un buen padre de familia. “Si de quieren grandes hombres, no se le pidan virtudes cotidianas”.
“Quien se mete en política ─escribió Weber a principios del siglo XX—, es decir, quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo […] Quien de cualquier modo pacte con esos medios y para cualquier fin que lo haga, está condenado a sufrir sus consecuencias”. Poder y violencia que siguen estando, en efecto, en el centro de la política y de la razón de Estado. Son los medios que ha intentado acotar la democracia contemporánea, pero que al mismo tiempo combaten contra ella, porque la democracia tampoco es ajena a la lógica del poder ni, mucho menos, a las ambiciones privadas de los políticos de poca monta.
Llegados a este punto, algo nos dice que debemos parar aquí, privándonos de las ganas de introducir a nuestro emérito, al asturiano brumoso “de la ley a la ley”, al presidente del aeropuerto de Barajas, y podríamos seguir la lista con los hombres de Estado ─mayores y pequeños─ mendaces, libidinosos, venales, inverecundos, etc. Pero, en cualquier caso, deberíamos preguntarnos, en definitiva, ¿cuál ha sido su labor de Estado? Vale.
