Evaporación en embalses: ¿pérdida o parte del proceso de regulación?

Hablar de evaporación en los embalses suele hacerse en términos de “pérdida”. La expresión es tentadora: agua que se evapora es agua que no llega al grifo, al riego o al río. De ahí derivan frases tan gráficas como “dar de beber al sol” o “entregar agua a la atmósfera”. Sin embargo, esta forma de plantear el problema es conceptualmente pobre y, en algunos casos, conduce a conclusiones equivocadas.

La evaporación no es un accidente ni un fallo del sistema. Es un proceso físico inevitable que afecta a un recurso muy concreto: el agua regulada. Y esa agua regulada solo existe como tal porque previamente hemos decidido almacenar el agua en embalses para poder gestionar un recurso natural variable en el tiempo y atender unas demandas que, en cambio, son relativamente constantes.

La evaporación como parte inseparable de la regulación

Sin regulación, no hay lámina de agua permanente, y sin lámina de agua permanente no hay evaporación relevante. Dicho de otro modo: la evaporación no es una “pérdida del recurso natural”, sino un coste intrínseco del servicio que presta la regulación. El embalse no crea agua, crea disponibilidad en el tiempo. Permite trasladar recursos desde periodos húmedos a periodos secos, y ese traslado tiene un precio físico: la evaporación.

Plantear el debate como si la alternativa fuese “embalse con evaporación” frente a “río sin evaporación” es una falsa dicotomía. La alternativa real es “embalse con evaporación” frente a “falta de garantía, restricciones o fallos de suministro”. En ese contexto, la evaporación debe evaluarse junto con los beneficios de la regulación, no aisladamente como un balance negativo.

Lo que nos dice la literatura reciente

Un trabajo reciente publicado, Losing Water by Storing It: The Oversighted Side of Intensive Water Regulation and Damming (J. Lorenzo-Lacruz, E. Morán-Tejeda, S. M. Vicente-Serrano, C. Garcia; 2025; Earth’s Future), pone el foco en la magnitud de la evaporación en los embalses españoles y en su evolución histórica y futura. El estudio estima pérdidas medias del orden de 2000 hm³ anuales en el periodo 1961‑2018 y proyecta incrementos significativos, especialmente bajo escenarios de calentamiento climático elevado.

El artículo recuerda algo que a menudo se minimiza: que la evaporación en embalses no es despreciable y que su magnitud está muy condicionada por la superficie de agua expuesta. También indica que el aumento de la evaporación ha estado más ligado a la existencia de los embalses que al propio calentamiento climático.

Ahora bien, resulta llamativo que el propio trabajo afirme que la evaporación no está considerada en el tercer ciclo de planificación hidrológica (2022–2027), cuando en la práctica sí se incorpora en los balances de recursos utilizados para la asignación. Desde hace décadas, la evaporación forma parte del balance del sistema y ha sido objeto de análisis técnico; un ejemplo temprano es el artículo de César Villalba Granda, Las pérdidas por evaporación en España (Revista de Obras Públicas; 1927), que ya discutía la importancia de la evaporación en distintos contextos hidrológicos y su consideración en balances de recursos, mostrando que esta preocupación no es nueva en nuestra ingeniería hidráulica.

Más que una ausencia total, el problema está en el énfasis que se pretende dar a la evaporación dentro de los planes de cuenca. Convertirla en un elemento central del discurso planificador no solo no aporta soluciones reales, sino que puede introducir distracciones que dificulten el cumplimiento de los objetivos fundamentales de la planificación. La evaporación debe seguir tratándose con rigor técnico, como ya se hace en los balances de recursos, asumiendo que su incremento futuro reducirá las garantías del sistema, pero sin sobredimensionar su papel ni utilizarla como argumento que desplace el foco de la función esencial de la planificación hidrológica.

¿Minimizar la evaporación a cualquier precio?

El artículo citado propone, en sus conclusiones, estrategias de explotación de embalses orientadas a minimizar la evaporación. La recomendación parece basarse casi exclusivamente en una lectura parcial del volumen medio evaporado, obviando que la función de un embalse no es optimizar un balance volumétrico anual, sino garantizar la regulación y la disponibilidad del recurso en el tiempo. Reducir sistemáticamente las láminas de agua para disminuir la evaporación puede entrar en conflicto con la función principal de los embalses: maximizar la eficiencia de la regulación y la garantía de suministro.

Un embalse mantenido de forma crónica en niveles bajos pierde su capacidad efectiva de regulación, aumenta la vulnerabilidad frente a sequías prolongadas y limita su capacidad de respuesta ante episodios extremos. Además, esta gestión puede afectar negativamente a otros usos asociados al embalse, como los usos sociales, recreativos y el aprovechamiento turístico, así como a determinadas actividades económicas vinculadas a ellos. Las estrategias de reducción de la evaporación que se planteen han de estar siempre dentro de una visión global del sistema y no como objetivo único y aislado.

Mirando más allá del embalse: la recarga de acuíferos

En este contexto, cobra interés la recarga artificial de acuíferos como complemento a la regulación superficial. El almacenamiento subterráneo permite reducir pérdidas por evaporación y, bien diseñado, puede mejorar la resiliencia del sistema. Pero aquí también conviene huir de soluciones simplistas: la recarga solo es una alternativa real si se hace de forma hidrogeológicamente viable, ambientalmente sostenible y compatible con los usos existentes del acuífero.

No se trata de sustituir embalses por acuíferos, sino de combinar inteligentemente ambos sistemas, aprovechando las ventajas de cada uno y asumiendo sus limitaciones.

Conclusión

La evaporación en embalses es real, cuantificable y probablemente creciente en un contexto de cambio climático. Ignorarla es un error. Pero también lo es convertirla en un argumento contra la propia idea de la regulación. La evaporación no es un despilfarro gratuito, sino el coste físico de disponer de agua cuando se necesita y donde se necesita. El debate maduro no es si “regulamos o no regulamos”, ni si “damos de beber al sol”. El debate es cómo optimizar la regulación en un sistema cada vez más tensionado, asumiendo la evaporación como una variable más del problema, no como un eslogan.

Autor:

Antonio de Lucas Sepúlveda

Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos (UPM) y Doctor por la Universidad de Alcalá en el programa Hidrología y Gestión de los Recursos Hídricos.
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