Por segundo año consecutivo, las aportaciones registradas en la cabecera del Tajo han permitido que los embalses de Entrepeñas y Buendía vuelvan al nivel 1 de las Reglas de Explotación, el nivel de máximo trasvase. Desde el punto de vista hidrológico y operativo parece una buena noticia. Pero ¿realmente lo es?
El nivel 1 de las Reglas de Explotación se alcanza cuando el volumen embalsado en Entrepeñas y Buendía está por encima de 1300 hm³ o las aportaciones de los doce meses anteriores superan los 1400 hm³. Un umbral de volumen que supone poco más del 50% de la capacidad de embalse. Este diseño implica que puede activarse el régimen de máximos trasvases con embalses apenas por encima del 50 % de su capacidad, lo que limita la posibilidad de reconstruir reservas estratégicas en años húmedos.
Cuando ya ocurrió
Confundir esa foto coyuntural con un cambio de régimen hidrológico sería un error. Error que ya ha pasado con el Trasvase Tajo-Segura. Observemos en la siguiente figura las aportaciones anuales, el volumen trasvasado, la evolución de reservas y los meses en los que no se ha estado en el nivel 2 de las Reglas de Explotación desde que se inventaron en 1997:

Se aprecia un cambio acusado en el régimen de aportaciones a partir de 1980, coincidente con la entrada en funcionamiento del Trasvase. Y también en la evolución de las reservas. Aunque este cambio no hay que verlo como algo inevitable, sino como una gestión que no se ha adaptado al cambio observado en el régimen hidrológico. Ahora pongamos el foco en lo ocurrido en el periodo 1995‑2009, para lo que se muestra la misma figura sombreando en gris lo que está fuera de este periodo:

Para entenderlo mejor, entendamos la situación histórica. Tras unos meses de prueba, el Trasvase empieza a operar en 1980 con un resultado deficiente, con unas aportaciones muy por debajo de las registradas anteriormente, lo que supuso una sorpresa. El Libro Blanco del Agua (2000) lo refiere como una “intensa y prolongada sequía producida durante el periodo 1980‑1995”. Tras el mínimo histórico de aportaciones registrado en el año hidrológico 1994–1995, se encadenaron varios años con aportaciones próximas o ligeramente superiores a la media del periodo 1980–2009. Aquella recuperación fue interpretada como el final de la sequía y, en la práctica, como el retorno a una situación de normalidad hidrológica.
Sin embargo, los datos muestran algo distinto. Durante el periodo 1995–2009 se activó de forma recurrente el nivel 1, fundamentalmente por superarse el umbral de aportaciones acumuladas en los doce meses anteriores, que en las primeras Reglas de Explotación estaba fijado en 1000 hm³. Esa activación permitió encadenar varios ejercicios con trasvases superiores a 500 hm³/año y otros por encima de 400 hm³/año.
Al mismo tiempo, las reservas en Entrepeñas y Buendía no se consolidaron. No se produjo una reconstrucción sostenida de los niveles de regulación. El sistema operó al límite de su recuperación coyuntural.
El resultado es visible en la propia gráfica: en el subperiodo 2004–2009 se encadenaron largos periodos en situación de excepcionalidad hidrológica. Es decir, tras varios años de trasvases elevados en fase húmeda, el sistema volvió a situarse rápidamente en niveles críticos cuando las aportaciones descendieron. Fue una interpretación excesivamente optimista de una recuperación puntual.
La lección es clara: interpretar tres o cuatro años relativamente favorables como cambio de régimen conduce a sobreexplotar la recuperación y a debilitar la resiliencia del sistema ante el siguiente ciclo seco. Recuerda a lo que Tannehill describió en 1947 como “ciclo hidro-ilógico”: olvidar rápidamente las sequías cuando llegan las lluvias, relajar la prudencia y reconstruir expectativas de abundancia que después se revelan frágiles. El ciclo se repite con regularidad: alarma en sequía, alivio con las lluvias, expansión en la bonanza y nueva sorpresa cuando regresan las restricciones.
Con la perspectiva que da el tiempo, y viendo los datos hidrológicos registrados, apreciamos varios errores en la gestión que debemos evitar repetir. Se asumió que los años secos anteriores fueron una anomalía temporal y se forzó el trasvase sin permitir recuperar adecuadamente los niveles en Entrepeñas y Buendía. De manera que el sistema no estuvo preparado para otro periodo seco, en el que se registró un nuevo mínimo histórico de aportaciones. No se tuvo cautela. En los años duros de ese periodo se evitaron restricciones de abastecimiento en el Sureste porque entraron en funcionamiento in extremis las desaladoras de la Mancomunidad de Canales del Taibilla.
Corregir ahora o lamentar después
Volviendo al presente, la situación actual no es motivo de celebración complaciente. Es, sobre todo, una prueba de estrés conceptual. Nos obliga a preguntarnos si el diseño de las Reglas de Explotación es coherente con el régimen hidrológico observado en las últimas décadas.
El problema no es que exista nivel 1. El problema es que pueda activarse con embalses apenas a la mitad de su capacidad o por la simple acumulación coyuntural de aportaciones en doce meses. Ese diseño incentiva el aprovechamiento inmediato del excedente formal en lugar de priorizar la reconstrucción de reservas estratégicas.
La experiencia histórica lo confirma: si se incrementan los trasvases no se recuperan los niveles y el sistema queda expuesto cuando regresan las sequías.
A ello se añade una circunstancia adicional que no puede ignorarse. El Plan Hidrológico del Tajo de 2023 elevó las exigencias ambientales del sistema y el Real Decreto que lo aprobó obligaba a la adaptación de las Reglas de Explotación en el plazo de un año. Esa adaptación no se ha materializado. Se sigue operando con un umbral diseñado bajo supuestos hidrológicos y ambientales distintos de los actuales.
Persistir en ese marco introduce una incoherencia estructural: el régimen legal permanece anclado en hipótesis que han sido superadas por la planificación vigente.
La tentación de la inacción
La situación actual tiene una particularidad que la hace aún más relevante. Las lluvias de los dos últimos años han generado un margen temporal que permite prever varios meses sin entrar en nivel 3. No existe urgencia inmediata. Y precisamente por eso, el incentivo natural es no tocar nada.
Cuando el sistema no está bajo presión, es tentador aplazar decisiones incómodas. Mantener el régimen actual evita conflictos a corto plazo y permite trasladar cualquier ajuste estructural al momento en que la escasez vuelva a imponerlos por necesidad.
Ése es el verdadero riesgo.
En los próximos meses el sistema podrá seguir funcionando formalmente sin entrar en situación de excepcionalidad. Pero esa estabilidad es administrativa, no estructural.
La experiencia histórica muestra que las reformas adoptadas bajo presión suelen ser más bruscas y menos ordenadas que aquellas planificadas en momentos de relativa holgura. Si los ajustes se posponen hasta que el sistema vuelva a tensionarse, el margen de maniobra será menor y el conflicto mayor.
La cuestión no es si hoy puede trasvasarse más. La cuestión es si el diseño vigente reduce o aumenta el riesgo futuro.
Los años húmedos ofrecen algo más valioso que agua: ofrecen tiempo. Y el tiempo, en gestión hidrológica, es una oportunidad para corregir incoherencias antes de que se conviertan en crisis.
Aprovechar esa oportunidad es una decisión de gestión que no debería aplazarse ni por comodidad institucional ni por cálculo político ni por la tentación de aplazar los ajustes mientras el sistema respira.
Porque cuando deje de hacerlo, el margen será menor.
Basado en este texto, desde la Cátedra del Tajo UCLM-Soliss hemos preparado la publicación de la Cátedra responde ¿Por qué hay que gestionar adecuadamente la abundancia de Entrepeñas y Buendía para afrontar las sequías con éxito?

