Las aguas de Madrid en los grandes escritores

Las fuentes de Madrid en el abastecimiento histórico.

El elemento a destacar en el paisaje urbano de Madrid son las fuentes de suministro del vital líquido, a menudo ornamentales. Pascual Madoz (1848) hace un listado distribuido por los distritos de la capital de 62 fuentes públicas; sumando las de los particulares y las de los conventos estima que llegarían a 750. Desde las fuentes públicas un ejército de aguadores distribuía el agua a las viviendas. En 1855 había 1242 plazas de aguadores, generalmente cubiertas por asturianos, repartidos entre las fuentes más importantes.

Las fuentes, lugar de reunión e intercambio de noticias, estuvieron reguladas por el Ayuntamiento por medio de sucesivas ordenanzas, creándose en el siglo XVII la denominada Junta de Fuentes presidida por un Juez de Aguas. Existían los caños de vecindad, donde los vecinos podían tomar agua con cántaros, botijos y jarros; cada persona podía llenar de una vez un solo recipiente, volviendo a tomar turno si deseaba repetir la operación. Cuando la fuente tenía un solo caño, tenían preferencia los vecinos que llevaban un cántaro pequeño; a continuación, tenían preferencia los militares y finalmente los aguadores de oficio. Cuando las fuentes tenían dos caños, uno se destinaba al vecindario y aguadores y el otro exclusivamente para éstos. Cada fuente estaba vigilada por uno o dos cabezaleros, que cuidaban de que se guardase el debido orden e imponían multas a los infractores. pues las fuentes eran lugar de continuas disputas y agresiones causadas durante la época de escasez por la rotura de los caños del vecindario por los aguadores, lo que hacía subir el precio del agua distribuida a los domicilios.

En las ordenanzas para el buen gobierno de las fuentes se encuentran algunos avisos curiosos. Así, en 1610, se prohíbe a los jóvenes de ambos sexos (sic) mantener conversaciones en las fuentes públicas; en 1613 se ordena que se guarde turno para llenar los cántaros; en 1668 que no se juegue a los naipes. Más tarde, se extienden las actividades que intentan regular las ordenanzas: que no se profieran palabras escandalosas, obscenas y provocativas, hacer acciones indecentes, gritar o causar rumor, absteniéndose de fomentar quimeras.

No podían los grandes escritores (y los menos grandes) dar noticia de las fuentes madrileñas. Oigamos, por ejemplo, a Miguel de Cervantes en su inmortal obra Don Quijote de la Mancha  (Parte segunda, capítulo XXII):

“Ensilló Sancho a Rocinante y aderezó al rucio, proveyó sus alforjas, a las cuales acompañaron las del primo, asimismo bien proveídas, y encomendándose a Dios y despidiéndose de todos, se pusieron en camino, tomando la derrota de la famosa cueva de Montesinos.

En el camino preguntó don Quijote al primo de qué género y calidad eran sus ejercicios, su profesión y estudios. A lo que él respondió que su profesión era ser humanista, sus ejercicios y estudios componer libros para dar a la estampa, todos de gran provecho y no menos entretenimiento para la república; que el uno se intitulaba (…) “Metamorfóseos, o Ovidio español”, de invención nueva y rara, porque en él, imitando a Ovidio a lo burlesco, pintó quién fue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Magdalena, quién el caño de Vecinguerra de Córdoba, quiénes los toros de Guisando, la Sierra Morena, las fuentes de Leganitos y Lavapiés en Madrid, no olvidándome de la del Piojo, de la del Caño Dorado y de la Priora; y esto con sus alegorías, metáforas y traslaciones, de modo que alegran, suspenden y enseñan a un mismo punto”.

Las fuentes eran alimentadas por los célebres viajes de agua denominación procedente del latinismo medieval via aquae. Hacia la mitad del siglo IX, Muhammed Ibn al Rahman funda Mayrit, ciudad fronteriza y plaza fuerte avanzada del reino de Toledo. Desde el siglo XII los madrileños de entonces recurrieron a captar aguas del subsuelo por medio de pozos y norias, de las que aún se conservan algunos vestigios. Pero estas captaciones proporcionaban aguas de escaso caudal y mala calidad, por lo que solo se utilizaron para el riego de calles y arbolado. La verdadera técnica que impusieron los musulmanes en la Villa fueron la de los qanats, galerías de captación o viajes de agua en la terminología propia de los madrileños de los pasados siglos, que fueron adaptadas y perfeccionadas durante los siglos posteriores.

Madrid ha estado abastecida por medio de este sistema de galerías o viajes de agua durante diez siglos: desde mediados del siglo IX hasta mediados del siglo XIX, fecha en que llegaron a Madrid las aguas del río Lozoya por medio del Canal de Isabel II. Constituye una de las ciudades del mundo donde el desarrollo de las galerías de captación alcanzó mayor esplendor. Se han inventariado 124 km de viajes de agua, de los cuales 70 km eran galerías de captación y 54 km de conducción hasta la ciudad en la que se alimentaban las fuentes de distribución. Sin embargo, el uso de los viajes de agua no termina con la llegada a la capital de las aguas del Lozoya en 1858. Los dos sistemas siguieron coexistiendo durante más de 70 años, hasta que en 1931 el gobierno de la República prohibió el uso de los viajes de agua debido a la contaminación de sus aguas.

Las aguas del Rio Manzanares.

La higiene privada ha sido prácticamente inexistente en Madrid hasta tiempos recientes, y en cuanto a la higiene pública se prohibía expresamente el baño en lugares públicos a los que padeciesen enfermedades contagiosas o repugnantes. En el siglo XIX la mayoría de los madrileños solo ponían en contacto su cuerpo con el agua durante el verano cuando bajaban a cambiar la piel en los baños establecidos en las riberas del Manzanares. Todos los veranos el Ayuntamiento publicaba un bando regulador de tales baños, situados entre el Puente de los Franceses y el de Toledo. Cuando comenzaban los calores veraniegos se excavaban los baños en las arenas del rio, disponiéndose de uno o dos criados para acudir en ayuda de los bañistas. Los baños estaban cubiertos por una techumbre de la cual debían colgar cadenas o cuerdas bien aseguradas. Se prohibía bañarse juntos a hombres y mujeres, aunque declarasen ser marido y mujer, así como a los borrachos y a los que no supieran nadar si no iban acompañados por otro que sí supiera. Para evitar que las escasas aguas del Manzanares se enturbiaran, se prohibían una serie de actividades aguas arriba del puente de Toledo. No obstante, era frecuente que, al avanzar el estío, el lecho del río se convirtiera en un arenal y los baños en unos charquitos cuidadosamente cubiertos por esteras. La situación comenzó a cambiar a mediados del siglo XIX, en que ya había hasta cuatro casas de baños abiertas todo el año y durante la temporada de verano se abrían quince establecimientos de baños.

El río Manzanares y su escaso caudal fue objeto de burlas por nuestros escritores del Siglo de Oro. Uno de los más famosos se debe a Tirso de Molina titulado “A las niñas de Alcorcón”, del que reproducimos unas cuartetas:

Según arenas criais,
 y estáis ya caduco y viejo,
moriréis de mal de orina
como no os remedie el cielo. 

Como en Alcalá y Salamanca,
tenéis (y no sois Colegio)
vacaciones en verano
y curso solo en invierno.

Su Troya burlesca os llama
hombre sutil y de ingenio
sin que su artificio envidie
los del Tajo y su Juanelo.

No podía faltar en el relato don Francisco de Quevedo que, aparte de decirle al aprendiz de río, que más agua lleva un cuartillo de vino, “Describe al río Manzanares cuando concurren en el verano a bañarse en él”:

Llorando está Manzanares
al instante que lo digo,
pues hebras hilo a hilo,
cuando por ojos de agujas
pudieran enhebrar lo mismo,
como arroyo vergonzante
vocablo sin ejercicio. 

También los madrileños bajaban al Manzanares para lavar la ropa. En las riberas del río se levantaban los lavaderos, formados por una casa que el dueño o arrendatario solía alquilar. El agua del río se canalizaba y repartía por el lavadero, pero debido a su escasez, a medida que se alejaba del Puente de los Franceses, las aguas se recibían con mayor suciedad. En 1885, a pesar de que ya había agua corriente en muchas casas particulares, había matriculadas cinco mil lavanderas de oficio que bajaban regularmente al río con sus cestos. Arturo Barea en “La forja de un rebelde” nos ha dejado una amplia descripción del río y sus lavanderas a principios del siglo XX.

La traída de aguas del Río Lozoya a mediados del siglo XIX.

Benito Pérez Galdós nos deja unas páginas magistrales del proyecto de captación de aguas en el río Lozoya a mediados del siglo XIX. En sus famosos Episodios Nacionales, en el correspondiente a “Narváez”, cuya acción se desarrolla en 1849 escribe:

Iniciamos la conversación por el tema fácil de los insufribles calores y de lo bien que sienta un viajecito a La Granja en esta canicular estación y D. Juan [Bravo Murillo] saca uno de sus tópicos predilectos, que es traer aguas a Madrid. Asegura que el abastecimiento de tan precioso elemento de vida se impone, cueste lo que costare, para que la capital de las Españas no sea un pueblo sediento y sucio. A renglón seguido se entabla una interesantísima porfía sobre la calidad de los cuatro viajes que surten esta capital, y se marcan bandos o partidos, pues si el uno defiende el sabor del Bajo Abroñigal o la Castellana, no falta quien pondera la delgadez del Abroñigal Alto y la Alcubilla. D. Juan, que ha estudiado detenidamente el asunto, nos dice que Madrid se despoblará si continúa bebiendo por la antigua medición de reales, que se dividen en cuartillos y éstos en pajas. La pobreza de aguas de la Corte se evidencia con sólo decir que corren en ella, cuando corren, treinta y tres fuentes, en las cuales hay ochocientos y pico de aguadores que distribuyen en todo el vecindario trescientos treinta y siete reales de líquido potable (*). Pero D. Juan presentará a las Cortes un proyecto de ley para traer acá el Lozoya, sacándolo enterito de su lecho y derramándolo por nuestras calles, plazas, paseos y jardines. Oyeron esto los presentes como un cuento de hadas. La pintura que hizo Bravo Murillo de los espléndidos chorros de agua que el proyecto realizado había de verter sobre Madrid cautivó de tal modo al auditorio, que no sólo se nos refrescaban las imaginaciones sino también los cuerpos.

(*) Para el curioso lector: 337 reales fontaneros equivalen a unos 1093 m³/día. Para una población de unas 200 000 almas hacia 1850, la dotación resultaba ser de unos 5,5 litros por persona y día para toda clase de usos: beber, cocinar, lavarse, higiene doméstica, animales, riego de árboles, etc. Como comparación el suministro a la Comunidad de Madrid en 2024 según el Canal de Isabel II fue de 496 hm³ para una población de 6,79 millones de habitantes, lo que arroja una dotación de unos 200 litros por habitante y día para usos de hogares, comerciales, industriales, riego de zonas verdes y pérdidas en el transporte y en la distribución.

Autor:

Bernardo López-Camacho y Camacho

Dr. Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos
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