El río Tajo en Toledo

Comentario previo: este texto es el borrador para un artículo que finalmente no llegó a publicarse, escrito en noviembre de 2016. Desde esa fecha a la de la publicación de esta entrada hay partes que quedan ligeramente descontextualizadas, pero el grueso del artículo continua teniendo vigencia.


Un meandro del río Tajo describiendo una curva fluvial perfecta, alojado en una clusa hendida por el río en materiales graníticos y migmatíticos, conocido como el Torno del Tajo, ciñe en sus tres cuartas partes a la colina coronada por la ciudad de Toledo, constituyendo un paisaje geomorfológico y cultural único en el mundo.


Figura 1. El río Tajo a su paso por la ciudad de Toledo
(imagen de dominio público tomada de Wikimedia)

La conservación de este singular paisaje, patrimonio de la humanidad, exige que el Tajo mantenga su caudal y la calidad de sus aguas. Hablar de la calidad del Tajo en Toledo es hablar de la depuración de las aguas residuales de la Comunidad de Madrid (6,5 millones de habitantes) que, tras su tratamiento, afluyen al Tajo a través del Jarama y su tributario Manzanares. Y hablar del caudal que transporta el Tajo por el pie de la ciudad, es tener que referirse a las detracciones de su cabecera para el riego de las huertas levantinas a través del trasvase Tajo-Segura.

Madrid y su área metropolitana fue el gran atractor de la migración del campo a las ciudades en el centro peninsular, multiplicando su población por 7 a lo largo del siglo XX, con un crecimiento acelerado ─demográfico e industrial─ entre 1950 y 1980. Para darle de beber se incrementó la regulación de los ríos cercanos, afluentes del Tajo, que pasaron a estar muy domados, con un caudal prácticamente uniforme procedente principalmente de los retornos urbanos. Si bien se resolvió el problema del abastecimiento, apenas se prestó atención a la depuración. De esta forma, se fue incrementando el deterioro de la calidad del agua en los ríos aguas abajo de Madrid antes de llegar a Toledo.

Quedan lejos las evocativas fotografías de los años 60 del siglo XX, con bañistas en las playas del Tajo, disfrutando del río con la silueta de Toledo al fondo. A finales de la misma década tomaron el relevo los icebergs de espuma navegando por el río, acompañados de pestilencias y una degradación extrema. El Tajo pasó de ser el orgullo de Toledo a un gran problema, obligando a la ciudad a vivir de espaldas a él.

Afortunadamente la situación ha mejorado gracias a la aplicación de diversos planes y actuaciones de depuración. Mejora que se puede observar y medir, como así se desprende de los datos de calidad facilitados desde la Confederación Hidrográfica del Tajo. Pero esta mejora es, a día de hoy, insuficiente. Todavía la calidad del Tajo dista de ser buena.

Figura 2. Panorámica del Tajo bañando Toledo (fotografía de Pablo Costa Tirado)
(imagen con licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported, tomada de Wikimedia)

La mala calidad del agua del Tajo a su paso por Toledo tiene su origen en Madrid. Para entender por qué se ha llegado a esta situación conviene realizar un breve repaso histórico de cómo se ha afrontado el saneamiento de la capital, donde se aprecia lo difícil que ha sido la toma en consideración del problema y, como consecuencia, la aplicación de soluciones.

Las referencias, que se remontan al fuero de 1202, documentan problemas graves de higiene y salubridad en Madrid, con frecuentes brotes epidémicos, asociados a la evacuación de las aguas negras. En el siglo XV, la abundancia de hospitales dedicados específicamente al tratamiento de enfermedades infecciosas muestra que con el crecimiento de la villa los problemas del saneamiento se incrementaron. Hasta el siglo XVIII durante el reinado de Carlos III no se desarrolló el alcantarillado ─que tímidamente se había iniciado en el siglo anterior─, junto con la construcción de los “pozos inmundos”. A mediados del siglo XIX, tras la epidemia de “cólera morbo”, se hizo prioritaria la mejora de este sistema de alcantarillado, considerado muy deficiente. Costó siglos que Madrid se dotara de un sistema eficiente de evacuación de las aguas residuales, que se vertían directamente al río Manzanares. En los años 20 del siglo XX se construyó la primera planta de tratamiento en Méndez Álvaro, de carácter experimental, con una tecnología de fangos activos. Ante su éxito, en 1927 se proyectó la depuradora de La China, en la confluencia del arroyo Abroñigal ─actualmente M‑30 Este─ con el río Manzanares, pero su construcción se difirió en el tiempo.

En 1945 aparece publicado en el Revista de Obras Públicas el artículo de José María Gutiérrez Pajares “La depuración de las aguas residuales de Madrid”, que expone claramente la realidad de una situación alarmante, con valores de DBO5 (demanda bioquímica de oxígeno a cinco días) en el río Manzanares a su salida de Madrid de 360 mg/l (como referencia, la Instrucción de Planificación Hidrológica establece un valor de referencia máximo de la DBO5 de 6 mg/l; es decir, en 1945 el río Manzanares tenía una DBO5 60 veces la que ahora se toma como referencia). No es sólo que el río ya estuviera degradado, sino que con sus aguas se regaban directamente huertas del sur de Madrid, con brotes de fiebres tifoideas asociadas a las temporadas de consumo de las frutas y hortalizas de esas huertas. Se aprecia también en el artículo que en esa fecha la calidad del Tajo en Toledo se encontraba resentida. Se reactivó la depuradora de La China, que entró en funcionamiento en la década de 1950. Desde su puesta en servicio su capacidad fue insuficiente, a lo que se sumó el fuerte crecimiento demográfico de esos años. Como consecuencia el deterioro del Manzanares fue en aumento, afectando por tanto al Jarama y al Tajo. Ya era mala la calidad del agua en las idílicas escenas de baño al pie del Alcázar toledano que nos muestran las fotografías de los años 60.

Figura 3. Bañistas en la Playa de Safont bañándose en el río Tajo en Toledo en los años 60. Foto Arribas (tomada de la entrada “Toledo y el Tajo” del blog “Toledo Olvidado”)
(imagen con Copyright, subida por Eduardo Sánchez Butragueño; tomada de la página www.flickr.com/photos/65595512@N00/4359277531/)

Sin embargo, abordar el problema de la mejora de los ríos Manzanares, Jarama y Tajo no se encontraba dentro de las prioridades hídricas de la época centradas básicamente en el incremento de la regulación de los ríos. Las actuaciones en la década de 1960 se limitaron a depuradoras pequeñas, como El Pardo y Viveros para mejorar la calidad del Manzanares a su paso por Madrid, o las de Manoteras y el Zoo. Así, sólo parecía preocupar lo que se veía dentro de Madrid pues parecía interiorizada la idea de que era inevitable la degradación ambiental de los ríos para facilitar el desarrollo económico.

En 1967 se plantea el “Plan General de Estaciones Depuradoras”, en el que además de la ampliación de La China, se acometen otras depuradoras en la capital (Rejas, Butarque y Sur), empezando a estar operativas las instalaciones a partir de 1975. A pesar de la puesta en servicio de estas actuaciones la situación seguía siendo mala, por lo que se en 1977 se diseña el “Plan de Saneamiento Integral de Madrid” (PSIM), que se desarrolló entre 1980 y 1984. Con su puesta en servicio se logró cubrir la depuración de las aguas de toda la superficie de la ciudad de Madrid y se obtuvo una mejora en la calidad en el Manzanares, Jarama y Tajo, con una reducción significativa de la DBO5. Sin embargo, la mejora fue insuficiente. Las actuaciones de depuración no debían restringirse a la ciudad de Madrid, sino que se tenía que extender a toda la cuenca (Plan integral de mejora de la calidad de las aguas).

Figura 4. Espuma por contaminación en el río Tajo en 1976. Fotografía de José María Moreno Santiago (tomada de la entrada “Toledo y el Tajo” del blog “Toledo Olvidado”)
(imagen con Copyright, subida por Eduardo Sánchez Butragueño; tomada de la página www.flickr.com/photos/65595512@N00/5888208630/in/photostream/)

En 1998 entró en vigor la Directiva 91/271 del Consejo, de 21 de mayo de 1991, sobre el tratamiento de las aguas residuales urbanas. En los primeros años del siglo XXI se desarrolló el “Plan Cien por Cien Depuración” de la Comunidad de Madrid, que extendió la depuración a la totalidad de los municipios de la Comunidad de Madrid, aunque no a todos los núcleos de población, quedando todavía urbanizaciones con depuración deficiente o inexistente. Posteriormente se puso en funcionamiento el Plan Dpura Madrid, con el que se dotó a plantas depuradoras existentes de tratamiento terciario con el fin de obtener agua regenerada para su uso posterior; no para mejorar la calidad de los ríos.

La aplicación de la Directiva 91/271 está siendo un avance significativo. Además, se ha puesto de manifiesto que no basta con la reducción de la DBO5, sino que se ha de realizar una reducción de nutrientes (nitrógeno y fósforo). En este sentido, las depuradoras de Madrid han adoptado eficazmente tratamientos de eliminación de fósforo, consistentes por lo general en favorecer su decantación mediante el añadido de cloruro férrico por su facilidad de adaptación a las infraestructuras existentes, planteándose procesos biológicos en plantas de nueva construcción. Sin embargo, la remoción del nitrógeno ─en sus diferentes compuestos─ está siendo más problemática y no está resuelta. Adicionalmente, están surgiendo nuevas preocupaciones, consecuencia en parte de una mejora de las analíticas realizadas, como es el caso de los contaminantes emergentes o los patógenos del agua.

En este contexto se produce la aplicación de la Directiva Marco del Agua. El Programa de Medidas del Plan hidrológico de la parte española de la Demarcación Hidrográfica del Tajo tiene como base las actuaciones pendientes del Plan Nacional de Calidad de las Aguas ─planteado para la aplicación de la Directiva 91/271─ complementado con actuaciones adicionales de depuración. Se ha de considerar que las concentraciones de contaminantes permitidos en los ríos son más bajas ─más estrictas─ que las consideradas límite de los vertidos de las depuradoras, lo que puede derivar ─como así ocurre en el caso de Madrid─ en una necesidad de mejorar la depuración. Los parámetros fisicoquímicos publicados en la web de la Confederación Hidrográfica del Tajo reflejan una tendencia positiva, consecuencia de las medidas de depuración planteadas. Pero que sean suficientes o no estas medidas se ha de comprobar con el seguimiento del plan. En el primer informe de seguimiento, ya publicado en la red, se constata esta mejoría de la calidad del agua.

Hay motivos para la esperanza, aunque no para el triunfalismo. La situación todavía no es buena, como se ha podido comprobar en los episodios de espumas en el Tajo a su paso por Toledo en otoño de 2016. Se puede afirmar que la depuración del agua en la Comunidad de Madrid es buena o muy buena, pero es necesario mejorarla.  Las características hidrológicas, en las que los retornos de los abastecimientos son una parte importante de los caudales de los ríos, obliga a que se alcancen niveles de excelencia en la depuración, con una mejora generalizada, especialmente en el tratamiento del ciclo del nitrógeno. En este sentido puede parecer contradictorio que en la Comunidad de Madrid se retrasen actuaciones y la consecución de objetivos ambientales por motivos presupuestarios, o directamente se fijen objetivos menos rigurosos en masas de agua, cuando la entidad pública que gestiona el ciclo integral del agua en la práctica totalidad de la Comunidad de Madrid ─Canal de Isabel II─ está presentando cada año beneficios superiores a 200 millones de euros que no son reinvertidos en mejora de las infraestructuras, sino que la mayoría son repartidos como dividendos entre sus “accionistas” (Comunidad de Madrid y ayuntamientos).

También hay que considerar un efecto colateral de la situación histórica de degradación del río, ya que el grado de tratamiento ─o la falta de él─ de las aguas residuales que se realizaba por el resto de municipios vertientes aguas abajo de Madrid pasaba desapercibido. Pero al mejorar la depuración aguas arriba, el tratamiento del agua en estos municipios tiene mayor repercusión, quedando en evidencia cuando no alcanza los niveles adecuados. Así, para la mejora de la calidad del río Tajo en Toledo no hay que fijarse únicamente en el tratamiento de las grandes depuradoras de Madrid, sino en todos los núcleos y municipios, incluso urbanizaciones pequeñas, que viertan aguas arriba de la imperial ciudad.

Una matización sobre este breve repaso histórico es que no se pretende criminalizar a una población y sus habitantes, sino simplemente poner de manifiesto que el proceso de concienciación y lucha contra la contaminación de los ríos está siendo largo y costoso, de una complejidad no prevista. Que se manifieste que haya que mejorar la depuración no significa desmerecer lo ya realizado sino todo lo contrario, que han de valorarse y apreciarse los progresos obtenidos. Simplemente, el crecimien­to y dimensión alcanzada por Madrid ha evidenciado los efectos, pero el problema de fondo existe potencialmente en todas las poblaciones. Además, hay que tener en consideración que los caudales que se tendrían en régimen natural en el río Manzanares o el mismo Tajo son bastante inferiores a otros ríos en grandes ciudades europeas como el Sena, Támesis, Rhin o Havel. Hecho éste que no ha de esgrimirse como excusa, sino que se ha de asumir que se requiere mayor depuración.

Pasemos ahora a los volúmenes de agua circulantes. Hay varios factores que están afectando la cantidad de agua que circula por el Tajo en Toledo. Por una parte, se encuentra la alta capacidad de regulación y de usos consuntivos ─especialmente para el abastecimiento de Madrid─, ubicados aguas arriba de Toledo. Además de las detracciones y mermas, el régimen de caudales se encuentra fuertemente alterado. Por otra parte, la reducción de aportaciones registrada a partir de 1980 unida a la puesta en funcionamiento del trasvase Tajo-Segura en esa misma fecha, ha causado que el caudal que llegue procedente de la cabecera del Tajo se haya reducido a la cuarta parte. Adicionalmente, la legislación que regula el trasvase Tajo-Segura ha impuesto recientemente unos nuevos condicionantes, con el nombre de “desembalses de referencia”, que han de ser tenidos en cuenta. Combinando estos factores, y añadiendo las detracciones para regadíos aguas arriba de Toledo en la propia cuenca del Tajo, en los meses de verano se tiene una reducción de caudal importante, limitada en parte con la implantación de un caudal mínimo de 10 m³/s en Plan hidrológico del Tajo de 1998, que se ha mantenido en los planes hidrológicos aprobados en 2014 y 2016. Que en estos planes se haya fijado también este caudal mínimo de 10 m³/s en Talavera de la Reina ─algo que no se contempló en el plan de 1996─ implica en la práctica que los caudales mínimos circulantes en Toledo sean mayores, con cierta holgura sobre el mínimo. La suficiencia o no de este mínimo para la consecución de los objetivos ambientales es algo que se ha de comprobar en el seguimiento del plan hidrológico.

En resumen, la recuperación del Tajo en Toledo con «puesta en valor cultural, ambiental, paisajística y recreativa» del Torno del Tajo, exige actuaciones en cuanto a la calidad del agua del río; aspecto que se no puede desligarse –en forma alguna— de la cantidad circulante.

Se hace necesaria, por una parte, la puesta en marcha de un plan integral de mejora de la calidad del agua en  la cuenca alta del Tajo; sus actuaciones más relevantes recaen sobre el Canal de Isabel II que debe realizar mejoras en las instalaciones de depuración de aguas residuales de Madrid con el fin de reducir por encima de lo establecido en la legislación los nutrientes de los efluentes (sobre todo nitrógeno y fósforo), a lo que puede dedicar los cuantiosos beneficios que obtiene de la recaudación de los recibos del agua. El plan debe extenderse a la depuración de los vertidos de los municipios, industrias, urbanizaciones y retornos de riegos de la cuenca alta, beneficiando no solo a Toledo, sino al resto de las ciudades y poblaciones ribereñas, en cumplimiento de la Directa Marco del Agua que exige la consecución de un buen estado de las masas de agua en sus aspectos químico, biológico, geomorfológico y ausencia de sustancias contaminantes. A estas actuaciones se deberán sumar las necesarias para asegurar al Tajo a su paso por Toledo un caudal ecológico mínimo de aguas limpias procedentes de su cuenca alta (caudal muy superior al fijado actualmente ─sin justificación─ por el Plan hidrológico del Tajo), minorando el impacto que causa el trasvase Ta­jo‑Se­gu­ra, que deriva hacia fuera de la cuenca gran parte de los recursos de su cuenca alta, dejando al río Tajo en Aranjuez menguado y melancólico, llegando a Toledo humillado, sucio y espumeante.

Bibliografía

Autor:

Antonio de Lucas Sepúlveda

Doctor por la Universidad de Alcalá e Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos (UPM).
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