¿Cómo se llamaba…?

 ─ …la cosa sucedió en el salón de plenos del Ayuntamiento de Daimiel, a finales de los 80. El impulsor de las jornadas sobre las aguas subterráneas, los riegos, las Tablas de Daimiel, el acuífero veintitrés y todo eso era (¿cómo no?) Ricardo Ibáñez Gerez. Con algo de sorna, no exenta de admiración, a veces le llamábamos Ricardo Ibáñez Adreda, como dejando caer que además del artífice, presidente y alma mater de su asociación, Adreda, era algo más, …como el todo.

 ─ ¡Ya! Pero, ¿no fue Ibáñez quien más luchó por las Tablas?

 ─ ¡Ya lo creo! Y lo que tiene más mérito: en una época en que estas cosas se ventilaban entre cuatro gatos. Pero él se encargaba de multiplicar los gatos, atizando artículo tras artículo en el diario Lanza de Ciudad Real.

 ─ Tengo entendido que esos artículos molestaban a algunas personas.

 ─ En efecto, molestaban y … ¡resultaban de gran eficacia! Gracias a su causticidad conseguía llamar la atención sobre los asuntos que le interesaban, que resultaban ser los importantes… Recuerdo que hacia fines de los setenta, unos funcionarios del Ministerio, con buena voluntad, bastante bisoñez, escasos datos y hartazgo de teoría, hicieron un informe indigesto sobre el secado de las Tablas y el acuífero veintitrés. Ricardo Ibáñez despachó el informe en un artículo de prensa calificándolo palmariamente de “churro”. Se picaron los técnicos y elaboraron un nuevo informe más extenso y pormenorizado, con los mismos datos pero con mayor fárrago de teorías y argumentos abstrusos, con el objeto de demostrar (¿jactándose?) que las razones ─las que fueren─ estaban al lado de los técnicos de Madrid frente a la visión de los locales. Ricardo Ibáñez les endilgó otro artículo en el diario Lanza en el que, con displicencia y contundencia, dictaminó que si el informe anterior era “un churro”, el nuevo era “un buñuelo”. Tal repertorio de frutas de sartén no favoreció la deportividad de los funcionarios: ¡agarraron un cabreo monumental! …

 ─ Pero, a partir de entonces, mejoró el entendimiento entre los que estabais en el Patronato, ¿no?

 ─ Esto era lo que quería decir. Después de los churros y los buñuelos, el personal se bajó de jumentos y acémilas y, pie a tierra, se dedicó a la noble tarea de escuchar, hablar y entender, aprendiendo todos de todos. Desde entonces, los informes dirigidos al Patronato se hicieron pensando más en las personas a las que iban dirigidos, y menos en el lucimiento científico y erudito de los autores. Ricardo Ibáñez no escatimó parabienes ante la nueva situación, aunque sin pasarse, que el carácter de la tierra es austero y parco en efusiones.

 ─ Me estabas contando lo del salón de actos. ¿Habría mucha gente?, ¿no?

 ─ Pues sí que había: ¡un gentío! Y no creas que esto era siempre así, que otras veces, como bien recordará Emilio León, nos tocaba actuar poco menos que en familia. Pero aquel día había overbooking, como se dice ahora. Algunos asistentes habían abierto las ventanas que comunicaban el salón con el patio del Ayuntamiento y asomaban las cabezas por ellas, manteniendo el cuerpo fuera, al fresco. Aunque era finales de abril, hacía ya mucho calor. Se decía que se habían distribuido octavillas por el pueblo, con el fin de que el personal viniera a protestar contra no sé qué. Al parecer, la convocatoria a la contra había tenido éxito, pues no cabía un alfiler…

 ─ ¿No os preocupó el ambiente? ¿Qué decía Ibáñez?

 ─ ¡Ah! ¡Nada en absoluto! ¡Hombre!, era gente pacífica y de buen fin, ¡paisanos! Además, nos encontrábamos en el tramo ágil de la vida, edad en la que insolentemente se confía en las propias capacidades y cualquier cosa que suceda se transforma en motivo de jolgorio. Ricardo Ibáñez estaba exultante; por debajo del blanco bigote se le manifestaba como una media sonrisa, quizá con una chispa de regodeo…

 ─ Bueno, pero dime de una vez lo que te llamó la atención aquel día.

 ─ …desde el comienzo de las intervenciones de los oradores de la mesa hubo algún rifirrafe dialéctico. A poco de comenzar el primer orador, un hombre muy mayor, que se sentaba hacia el primer tercio del salón, comenzó a pedir la palabra, interrumpiendo al que hablaba. Enseguida se le dijo que el uso de la palabra se le concedería después, en el turno de debate, cuando terminasen los oradores. El hombre tenía voz fuerte, algo destemplada por la edad, y no se conformaba. De vez en cuando se ponía en pie, apoyándose en la garrota, y volvía a solicitar el uso del verbo. Se le reiteraba que esperase turno, y las personas de los asientos contiguos le ayudaban solícitamente a sentarse. Cuando concluyeron los de la mesa, sin esperar ningún tipo de indicación, se puso en pie de nuevo con dificultad y comenzó a hablar con una energía inesperada, de manera que no necesitaba micrófono para que el atiborrado salón le oyese. Se había hecho un silencio … casi excesivo … lo que indicaba el respeto y cariño que le habían tenido y aún le tenían en su pueblo.

Recuerdo solo en nebulosa sus palabras. Vino a decir que tenía casi noventa años, que había visto siempre con agua las Tablas y que ahora estaban secas. Que no hablásemos tanto y que hiciéramos algo. Que el quería que sus nietos y bisnietos conociesen las Tablas como las había conocido él.

Un diputado que estaba en la mesa de conferenciantes no pudo contenerse y, en un arrebato de sinceridad, prescindiendo del micrófono, llamándole por su nombre, le gritó: “¡claro que sí, hombre! ¡lleva usted toda la razón!“, y dirigiéndose a los que compartimos con él la mesa nos confirmó: “¡este hombre lo que quiere es que no se destruya lo que ha conocido toda la vida!”

Me quedé un instante en suspenso ante la onda de exaltación, del deseo común que recorrió palpablemente la sala…Regresé de inmediato, pero se me había ido de la mente el nombre de aquel hombre.

 ─ ¿Y no lo has recordado o preguntado desde entonces?

 ─ Me acuerdo de su aspecto: aún conservaba bastante pelo, entrecano, con raya a un lado y pegado al cráneo; vestía traje negro y gafas de concha; era de rostro enjuto y algo cetrino, quijotesco…Desde el mismo momento de su intervención presagié que nunca olvidaría su figura, su intervención y la impresión que causó su fuerza. Pero un rato después, en el casino de La Armonía, mientras cogía el botijo (¿estaba en el hueco de la escalera?) y lo despegaba cuidadosamente del plato de loza que le servía de soporte adherente, vi claramente que no lograría nunca recordar su nombre… ¿Cómo se llamaba…?

Autor:

Bernardo López-Camacho y Camacho

Dr. Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos
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