Melonares de la Mancha en la década 1950‑60

Al final de la calle de La Soledad, cerca del Paseo del Río, había un horno de yeso que expandía por varias manzanas un denso olor a garbanzos torraos. Cuando pasábamos por delante de la portada que interrumpía su larga tapia jabelgada, mirábamos para ver proyectadas en una pared blanca, al fondo del gran patio, lenguas de fuego de color anaranjado.

Lindando con el horno se ubicaba una pequeña taberna, regentada ─por decirlo de alguna manera─ por un matrimonio de edad. Consistía en una habitación cuadrada no muy espaciosa, con un mostrador de zinc frente a la puerta de entrada, un largo banco en la pared de la derecha que tenía por respaldo la misma pared y cuatro o cinco mesitas bajas, distribuidas por la habitación, rodeadas por unos taburetes bajos y sin respaldo. El suelo era de yeso lustrado con la llana, y las paredes encaladas sin ninguna decoración. No tenía ventanas; la única luz de la estancia, aparte de la que entraba por los cristales de la puerta partida, era la de una bombilla colgada de su cable sin ninguna pantalla, de luz mortecina. En el mostrador se alineaban unos frascos de vino blanco, una hilera de vasos pequeños y unas botellas de gaseosa. No había ningún tipo de aperitivos ni otras bebidas. Todo era limpio y humildísimo. El tabernero y su mujer permanecían serios y erguidos tras el mostrador.

Cuatro o cinco gañanes y pastores con sus boinas encasquetadas formaban corro sentados en sus taburetes junto un mayoral que se tocaba con gorra negra de visera. Eran los únicos clientes, formando círculo alrededor de chatos de vino peleón. Hablaban poco, en voz baja y temerosa. Hablaban de otros conocidos que vivían en el campo, en las casas de los guardeses, en caseríos que agrupaban varias viviendas y corrales para el ganado, como la Caridad, el Barraco, la Hoya de la Cruz o otras muchas. Se dedicaban a guardar las casas de los señores y sembraban un huertecillo, recogían leñas, cuidaban un rebañejo y cazaban conejos o liebres de manera semifurtiva. Sólo aparecían por el pueblo en contados días, en la feria o para la corrida de toros, en la que ocupaban el tendido de sol provistos de sombreros de paja de segador.

La taberna de la calle de La Soledad representaba bien a los que habían perdido la guerra, con independencia del bando en el que habían luchado, la mayoría en el republicano, donde cayó La Mancha. No se le ocurría a ninguno de ellos recordar aquello; de eso no se hablaba. Vivían en la pobreza, la humillación, la depresión. Su única preocupación era la de subsistir haciéndose invisibles. Si se cruzaban con alguien del otro bando, el vencedor, se bajaban de la acera, se quitaban la boina y miraban al suelo. Como perros heridos sólo podían esperar algún denuesto destemplado. Mientras, los aparatos de radio proclamaban a los cuatro vientos que todo iba muy bien gracias al régimen, salvador frente a la masonería y el comunismo.

Pertenecían también al proletariado los obreros de las bodegas de la localidad y los ferroviarios. Cuando a la una y media sonaban las sirenas (las cuernas) de las principales bodegas indicando la interrupción del mediodía de la jornada laboral, la calle Toledo concentraba una multitud de obreros procedentes de las bodegas, tonelerías y otras industrias de la Vereda, la carretera de la Solana, el barrio de La Estación y otras calles próximas. Sobre estos obreros había un especial cuidado por sus antecedentes rojos, aunque los cabecillas de la guerra civil descansaban en el corralillo próximo al cementerio religioso, donde se encontraban las víctimas de los desmanes de la etapa revolucionaria que siguió al “Alzamiento”.

Para evitar antiguas tentaciones, los frailes que dominaban la sociedad local hacían una labor permanente y agobiante sobre las personas y las costumbres, con especial vigilancia de los obreros y los jóvenes. A mediados de la década visitaron Melonares las célebres “misiones” del jesuita Eduardo Rodríguez, celebrando actos contra “la podredumbre del pecado” en una gran sala entre tinajas y empotros de madera de la bodega de El Águila, al final de la calle Carrilejos, próxima a la del Comercio. La imagen de los cánticos de multitudes emocionadas (de hombres solos; las mujeres iban separadamente a la “parroquia”), sus confesiones como los polacos después del comunismo, los golpes de pecho de algunos “líderes” ante la vista de sus paisanos, las procesiones por las calles dando más relieve a las autoridades religiosas y políticas que a los santos; todo ello era un auténtico termómetro de la situación político-religiosa del momento.

Por su parte, el padre Sixtino, fraile heredero de los antiguos goliardos, organizó a los otrora revolucionarios obreros y empleados de la estación del ferrocarril en una hermandad de Semana Santa. Sorprendía ver a aquellos truenos vestidos de nazarenos, acompañando al paso del Encuentro, con farol en ristre. Un año se decidió que los faroles irían unidos unos a otros mediante un cordón, al objeto que la distancia entre nazarenos fuese la misma en todo momento. Quizá fue la manifestación más clara de la sumisión totalitaria que se deseaba obtener de los ferroviarios.

¿Quién le podría decir entonces a aquella gente humillada y ofendida que le esperaba una emigración en los años 60 a las grandes ciudades o al extranjero; una vuelta a la democracia en los finales de los 70, con gobiernos municipales socialistas (cual torna la cigüeñas al campanario); un desarrollo económico notable en los años 80 y 90; y por fin, en el siglo XXI iban a ser sustituidos en régimen de semiesclavitud por emigrantes marroquíes o rumanos, que se ocuparían de las labores del campo, volviendo a habitar los viejos caseríos para hacerse invisibles de una sociedad en la que ─posiblemente─ alguno de los nietos (con estudios) de los antiguos campesinos y obreros de Melonares estaría ahora en el lado de los vencedores?

En los atardeceres de los días cálidos, los empleados del Casino sacaban los sillones de mimbre y los colocaban formando una sola fila sobre la acera, siguiendo la curva de la fachada, desde la que se podían divisar las calles Morago, San Marcos y Empedrada. Cuando los sillones se llenaban, otros socios seguían el avizoramiento a través de los grandes ventanales abiertos de las salas de dominó.

No había galán o hembra que no fuese registrado con los ojos de abajo arriba y no mereciese jocundos comentarios. Normalmente con chascarrillos de sal gorda o procacidades. Las risas eran abundantes, así como los desplantes y chulerías. Muchas veces acababan en apuestas. El público estaba constituido por los ricos de Melonares ─terratenientes y bodegueros─, con una caterva de gente alrededor: jóvenes calaveras de juegas y putas, abogados que colgaron los libros el día que se licenciaron, desocupados que vivían con estrecheces de las rentas de sus fincas, etc.. Los individuos que se veían obligados a pasar por delante de aquel areópago, aceleraban el paso y erguían el tronco; las mujeres jóvenes, picaban el paso y movían (quizá inconscientemente) las caderas. Todo era celebrado y objeto de burlas, mofas, rechiflas.

Después de cenar, a las 11 o 12 de la noche, se formaba la partida de póker en el “cuarto del crimen”, como denominaban a una sala reservada en el Casino para los que jugaban cantidades considerables. Había contertulio que era notable por sus dos únicas actuaciones anuales: tener un hijo más y perder una finca más. Otros presumían de las partidas que jugaban en Madrid, en las que circulaba mucho más dinero. Aunque el juego estaba prohibido, como tantas otras cosas esta prohibición no tenía validez para los de la situación, a condición de que fuesen discretos. Se contaba que algún viajante de comercio que se empeñó en incluirse en la partida, pensando en obtener sustanciosas ganancias, salió muy pesaroso del dinero que había perdido de la firma que representaba, no sabiendo como lo iba a reponer; no había caído en la cuenta de que algunos jugadores ganaban siempre sin más que elevar sucesivamente el montante de las apuestas hasta obtener una mano favorable.

El alcalde de Melonares, del que su mayor timbre era ser calificado como un hombre del Movimiento, abogado y agricultor, con labor de decenas de mulas que los sábados y domingos se guardaban en las cuadras de la calle del Estudiante, tenía fama de ser capaz de salir de un automóvil después de un largo viaje sin que se produjeses ni una sola arruga en su americana. Era todo un figurín. En las procesiones de Semana Santa, se distinguía por su prestancia y por las zapatillas de nazareno con hebilla de plata que exhibía. Eso los años pares, pues los impares viajaba a Sevilla como cofrade de la Macarena que era.

El poder fáctico de Melonares era el párroco, el padre Samuel, compendio de soberbia y autoritarismo socio-religioso. Se contaba como uno de sus grandes triunfos el haber evitado que la orden de los agustinos se instalase en Melonares después de la guerra civil, dónde tenían la pretensión de poner en marcha un instituto de segunda enseñanza y quizá algún tipo de estudios superiores dependientes de la Universidad María Cristina, que regentaban en El Escorial. El padre Samuel puso al obispo de Ciudad Real en contra del proyecto. Al igual que años después haría con la pretensión de la orden de San Vicente de Paúl de crear un seminario en Melonares, para lo que habían llegado a adquirir un edificio en la plaza del Gran Teatro. Todo ello estaba en la línea de lo decidido por uno de los primeros alcaldes de la población después de la guerra, que suprimió el instituto de segunda enseñanza existente en tiempos de la República proclamando: “si todo el mundo estudia, ¿quién va a arar?”.

Con el tiempo el edificio del Casino fue demolido hasta sus cimientos, permaneciendo como solar desierto en el centro de la población, como signo del final del “antiguo régimen”. El gobierno municipal socialista, predominante en Melonares desde la llegada de la democracia, no movió un dedo por la conservación de los antiguos valores de la clase señorial. Posiblemente se trató de una pequeña venganza de los herederos de los perdedores de la guerra civil.

Cuando llegaron los años del desarrollismo, la década de 1960, los propietarios agrícolas fueron sufriendo una merma en sus ingresos y reduciéndose hasta desaparecer en su mayor parte. A España llegó inevitablemente una especie de revolución burguesa. Su papel predominante como clase social fue sustituido por una burguesía dedicada a la industria (agroalimentaria y complementaria), comercio y servicios. Más tarde, en el siglo XXI, merced a las ayudas y subvenciones de la Política Agraria Común europea, el sector agrario volvió a renacer, ahora apoyado en la especulación y el aprovechamiento de mano de obra inmigrante, con precariedad y dudas sobre la legalidad de sus condiciones de trabajo y retribución.

En la década de los cincuenta los adolescentes de Melonares, estudiantes de Bachillerato, estuvimos acogotados por dos fuerzas dominantes: los falangistas y los frailes. Vayamos por partes.

Ante la falta de sacerdotes seculares después de la Guerra Civil, debido a las atrocidades cometidas en la etapa revolucionaria que siguió al golpe de Estado de 1936, el poder espiritual (y social) de Melonares se entregó a los frailes franciscanos. Dominaros la mayor parte de la vida del pueblo durante décadas, en las que la vida “en las iglesias” (confesiones, misas, novenas, procesiones y otros actos) constituían una parte importante del tiempo de la población. Los adolescentes, después de la misa dominical de las 11, íbamos a la sede de la Acción Católica de la calle de las Trompas, donde nos tocaba oír otra homilía; después se sorteaban unas entradas de cine para la sesión infantil de las 4.

El Hogar del Frente de Juventudes era otra de nuestras referencias. Disponía de un futbolín y una mesa de ping-pong, en las que se podía jugar gratis…si se encontraban desocupados. Cuando terminábamos el “estudio” a las 8 de la tarde, nos concertábamos para que unos (los más veloces) saliésemos corriendo para coger el futbolín; otros hacían “un puente” en la puerta de salida, reteniendo al resto de las clases e impidiendo de esa manera la competencia en la carrera. Al llegar al “Hogar”, solo encontrábamos medio dormido al viejo conserje, Felipe, con gorra negra de visera sobre los ojos, junto a la estufa indispensable en invierno. Al entrar en la sala lo primero que hacíamos era volvernos frente a las fotografías del Fundador y del Caudillo. que estaban sobre la puerta de entrada y, poniéndonos firmes, saludar con el brazo en alto. Aunque a veces, por las prisas, el saludo a la romana se lo hacíamos a Felipe, que lo recibía somnoliento y algo extrañado.

En el Frente de Juventudes hacíamos murales con bellas “consignas” que nos daba “el mando”, que por la calle, provisto de gafas oscuras andaba a grandes zancadas. Recuerdo uno que nos quedó precioso, con la consigna de “el imperio volverá a España por los caminos del mar”, lo que nos dio oportunidad de pintar unas bellas carabelas. Solo recuerdo que nos vistiésemos en un par de ocasiones con la camisa azul y la boina roja. Fuimos a desfilar a Daimiel con motivo del homenaje a Ruiz de la Hermosa, Primer Caído de la provincia. Desfilamos cantando: “Torres más altas han caído/ rendidas al valor español/ Ya tocan/ a rebato/ por el Peñón de Gibraltarrrr”. También recuerdo que el Delegado de Falange nos echó una regañina cuando vio la firma de la solicitud de nuestros padres en la que nos autorizaba a inscribirnos en el Frente de Juventudes. Dijo serio pero en tono amistoso: “¡A ver si falsificáis mejor las firmas!”

Pero lo que de verdad nos apasionaba durante los veranos era ir al cine Recreo, al aire libre, situado al final de la calle Mayorazgo. Solían dar programa doble: nodo, complementos y dos películas. La sesión comenzaba a las 11 de la noche y solía terminar cerca de las dos y media de la madrugada. Hasta que se finalizó el desvío de la carretera nacional de Andalucía (entonces todavía no se llamaba circunvalación, los nombres conservaban la gracia primigenia de la sencillez), la carretera nacional giraba precisamente por detrás de la pantalla del cine y las luces que los camiones arrojaban al tomar la curva, formado un haz de luz por encima de las cabezas de los espectadores.

Al pasar al patio de butacas a través de una portada, lo primero que se encontraba era una especie de corralillo, situado en el lugar más alejado de la pantalla, en el que se encontraba apiñado el publico de general. Sus asientos eran unos bancos corridos de madera sin respaldo. Era un público que aclamaba ruidosamente los besos del galán a la bella. Junto al corralillo se encontraba el bar, donde se pedía gaseosa, servida en botella de pescozón, que se llevaba a la localidad. Los elegantes comenzaban a tomar pepsi-cola, bebida exótica de los yanquis que los mayores decían que sabía a zarzaparrilla.

Los asientos del patio de butacas eran sillas de tijera, de las que se usaban en los velatorios; eran difíciles de soportar en la segunda película, en la que no sabíamos de qué lado ponernos en el asiento. A la izquierda de la pantalla se encontraban los urinarios de caballeros, unos simples apartados sin puertas, que esparcían por los alrededores hasta varias filas un denso olor a orines. Sorprende que en esas condiciones actuasen en el local compañías de Madrid, con presentación de Revistas musicales como Cinco minutos nada menos, con música del maestro Guerrero.

Pero nuestro gozo se completaba a la salida del cine, hacia las dos y media de la madrugada. Entonces nos íbamos a los futbolines del próximo Paseo del Río, que se encontraba todavía iluminado y con el encargado cabeceando en espera de la salida del cine. Jugábamos unas partidas divertidísimas hasta las tres o tres y media, cuando decidíamos ir a dormir. Algún compañero de juegos como Calabuig (Calabuch, en manchego) se despedía diciendo que se iba hacia el horno de pan de la calle Cabrillas en el que comenzaba a trabajar a las cuatro.

Mientras íbamos camino de casa, ya en silencio, agotadas las risas, los chistes y las fuerzas, pensábamos que estábamos llegando al final los últimos veranos y del Bachillerato, y pronto nos tocaría enfrentarnos en serio con nuestro futuro, donde cada uno tendría que resolver su vida, contando con sus únicas fuerzas. Teníamos confianza en el porvenir, que no nos asustaba; algo dentro de nosotros quería una vida más auténtica, alejada de los anhelos imperiales de los falangistas, de los delirios verticales de los frailes y del ambiente atosigante del pueblo. Pero aún pasarían largos años de dura lucha de estudios y trabajos para que viésemos amanecer para todos nosotros.

Autor:

Bernardo López-Camacho y Camacho

Dr. Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos
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