Evolución de los regadíos del Segura (hasta 1953)

Diversos autores [(Morales Gil, 1992), (Sánchez López & Gozalbes Cravioto, 2012)] apuntan la existencia de regadíos en el Segura durante la época romana. En la Edad Media, bajo la influencia árabe, se expande el regadío, con implantación de nuevas técnicas e introducción de nuevos cultivos comerciales como arroz, azúcar, algodón, cítricos y moral (Morus nigra o morera negra) para la producción de seda [ (Jiménez castillo, 2013), (Box Amorós, 1992), (Ballester Sansano, 2015), (Zapata Nicolás, 1998)].

En Murcia, al igual que en otras ciudades de al-Ándalus durante el dominio árabe, se crearon talleres para la confección de seda, que contaron con cierta fama. Si bien parte de la seda era traída desde Granada y Almería, también hubo producción local con unas necesidades de moral para la alimentación de los gusanos. Con la conquista del Reino de Murcia por Castilla (1230-1245), gran parte de los artesanos mudéjares huyen al vecino reino de Granada, pero se mantiene la actividad de la seda, con una merma de la cantidad y la calidad (Olivares Galván, 2005). Los siglos XIV y XV están marcados por la inestabilidad política, guerras, crisis, epidemias y despoblación ─agravada en Murcia por su condición de marca fronteriza─, con retroceso general de los regadíos. A pesar de ello subsiste la actividad sedera en Murcia, puede que como último reducto de esta actividad en Castilla (Eiroa Rodríguez, 2017).

En la segunda mitad del siglo XV se producen unos cambios que marcan el desarrollo del regadío en los siglos siguientes. A mediados del siglo se introduce el moreral (Morus alba o morera blanca), de origen asiático, que sustituyó al moral como alimento para los gusanos de seda, como estaba ocurriendo en Europa. A su vez, desde aprox. 1457 llegan a Valencia de manera masiva artesanos genoveses de la seda. Este fuerte crecimiento de la sericicultura en Valencia fue acompañado de unas crecientes necesidades de morera para la cría de los gusanos.

A lo largo del siglo XVI la producción de seda era la actividad económica hegemónica en Murcia. Hubo un fuerte crecimiento del regadío, con la reconstrucción y creación de nuevas huertas en el Segura, con la realización de obras hidráulicas de envergadura para la época, empezándose a configurar lo que constituye el actual regadío tradicional. La superficie se destina casi en exclusividad al moreral. A finales del siglo se ralentiza el crecimiento en la Vega Media, pero se acelera en la Vega Alta (Pérez Picazo & Lemeunier, 1994).

Hasta 1628-1630 continúa el crecimiento y la bonanza del regadío, impulsado por la seda. A partir de ahí se produce una gran crisis, que afecta muy negativamente a la industria de la seda. Se para el crecimiento de los regadíos, con eliminación de moreral que es sustituido por cultivos de subsistencia, principalmente cereales. A su vez, Murcia sufre una fuerte epidemia de peste, que merma su población. Esta situación dura hasta 1680. A partir de este año se produce una recuperación económica lenta al principio, pero acelerada a partir del 1700. Compaginándose con la superficie destinada a cereales, se vuelven a plantar morerales, aumentándose la superficie de regadío, con desecación de zonas pantanosas y construcción de pozos, norias, presas-boquera y qanats. A partir de 1750 se produce un estancamiento en el crecimiento de la superficie, consolidándose el existente.

La razón fundamental del estancamiento está en el efecto que la Revolución Industrial tuvo reflejo desde el principio sobre la industria textil, extendiéndose otros tejidos como algodón o lino. Esto supuso que a lo largo del siglo XVIII la demanda de seda fuera retrocediendo progresivamente. La aparición de los telares automatizados (mediante tarjetas perforadas) a inicios del siglo XIX aceleró la producción industrial de tejidos. La producción de seda en Murcia entra en declive, sustituyéndose los morerales por cultivos destinados al consumo interno, en una economía de subsistencia. Entre 1800 y 1850 (aprox.) se produce una reducción de la superficie destinada al regadío. Además, en la década de 1850 hay una epidemia de Pebrina, que afecta a los gusanos de seda, además de otros virus que atacan a los morerales, que unido a la decadencia de la industria de la seda, acelerada a partir de 1869 con la apertura del Canal de Suez y el abaratamiento de la importación de las sedas de Oriente, dio lugar a la reducción drástica del moreral.

Figura 1. Epidemias de peste en los siglos XVI y XVII. Fuente: Atlas Nacional de España (Instituto Geográfico Nacional ─IGN─, 2018)

Este escenario cambia en el último tercio del siglo XIX con el cultivo de pimiento para la producción de pimentón. También hubo intentos de diversificar con frutales y hortalizas, que se veían dificultados por la falta de recursos y su irregularidad (Martínez Carrión, 2002). Por otra parte, las nuevas tecnologías facilitan la aparición de motores para la elevación (bombas), que además de sustituir a las norias tradicionales, facilita la llegada del agua a terrenos de mayor cota, así como la extracción de las aguas subterráneas.

La escasez y falta de regularidad de las aportaciones condiciona el regadío. Antes del siglo XIX hay un intento por regular la cabecera del Guadalentín para los riegos de Lorca, concretado en los embalses de Puentes y Valdeinfierno (si bien éste se terminó iniciado el siglo XIX). El primer intento, Puentes I, fue a mitad del siglo XVII, pero fue destruida por una riada durante su construcción. Tras abandonarse el proyecto de la traída de aguas desde los ríos Castril y Guardal (cabecera del Guadalquivir), se inició en 1785 la construcción de la presa Puentes II, que rompió el 30 de abril de 1802 por sifonamiento de la cimentación durante una riada, causando 608 muertos. El curioso estado en que quedó la presa durante varios años fue fotografiado por Jeant Laurent (Figura 2). No obstante, la construcción del pantano ─y de los intentos posteriores─ contaba con el rechazo de los dueños del agua de Lorca (Gil Olcina, 1985), que tenían establecido el reparto del agua mediante subasta (alporchón[1]). La familia Musso y otros propietarios del agua de Lorca eran contrarios a la reconstrucción del pantano, consiguiendo la disolución de la compañía que lo gestionaba e intentaba reconstruir (Real empresa de Pantanos, dirigida por Antonio Robles Vives, cuñado del conde de Floridablanca) y constituyendo en 1847 el Sindicato de Riegos, sobre el que tenían mayor control (Gil Messeguer & Gómez Espín, 2017)[2]. En la obra De los riegos de Lorca (Musso Valiente, 1833) se realiza una crítica a la construcción del pantano, ya que evitaba el entarquinado[3] de las tierras y provocaba que incrementara la salinidad de los terrenos. Lograron retrasar el inicio de la construcción de Puentes III hasta 1881 ─tras la riada de Santa Teresa del 15/10/1879─, cuyo embalse fue recrecido con la presa de Puentes IV, aguas arriba de Puentes III, operativa desde el 2000.

Figura 2. Fotografía de la presa de Puentes II tras su colapso. De Jean Laurent (1816-1886) – Confederación Hidrográfica del Segura, Dominio público, commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=15682274

A la vez que Puentes II se inició la construcción de la presa de Valdeinfierno, aguas arriba, en el cauce del río Luchena, si bien su construcción fue más lenta, parándose las obras en 1802 tras la rotura de Puentes II, reanudándose posteriormente y terminando en 1806. Poco después de su puesta en marcha quedó prácticamente inoperativa por haberse colmatado con los sedimentos. A finales del siglo XIX, tras un intento infructuoso de vaciar los sedimentos del embalse, se acometió el recrecimiento de la presa en 15 metros, trabajo concluido en 1897 (Pelegrín Garrido, 2009).

A finales del siglo XIX se replantea la construcción de embalses para regular el recurso con destino al regadío, siendo la presa de Puentes III y el recrecimiento de Valdeinfierno las primeras actuaciones. En 1916 entra en servicio el embalse de Alfonso XIII, de 22 hm³ de capacidad; en 1918 el del Talave, de 22 hm³; en 1929 el de La Cierva, de 7 hm³; y en 1933, el de la Fuensanta de 210 hm³. En paralelo a este incremento en la capacidad de regulación, se produce también un aumento de los regadíos, principalmente entre 1915 y 1935, causados principalmente por las mejoras técnicas, especialmen­te los bombeos (Martínez Carrión, 2002).

A principios del siglo XX, por iniciativa privada y aprovechando el “riego con sobrantes” se desarrollan regadíos en la provincia de Alicante. Primero fue la sociedad “Nuevos Riegos el Progreso S.A.” ─conocida localmente como “el canalillo”─, fundada en 1906 con la finalidad de abastecer de agua de riego a Elche (Conrado, 2011). El origen inicial de las aguas era la cesión de derechos en los azarbes de Enmedio, Acierto, Abanilla y Pineda al Sindicato de Aguas de la Villa de Dolores, empezando los riegos en 1910 (Sevilla & Torregrosa, 2016). En 1918, posiblemente inspirada por esta iniciativa, se crea la Real Compañía de Riegos de Levante S.A., financiada principalmente por la Banca Dreyfus, contando en su accionariado, entre otros, con el propio rey Alfonso XIII. Se trata de un proyecto más ambicioso, que contemplaba elevaciones importantes desde el Segura y una serie de explotaciones hidroeléctricas, iniciando la explotación en 1923 (Sevilla & Torregrosa, 2016). Esta iniciativa, sometida a numerosos avatares en su historia, permitió la puesta en regadío de secanos en la provincia de Alicante, y el refuerzo o redotación de su huerta tradicional.

Tras la Guerra Civil, en una economía autártica, hay un leve repunte de la industria de la seda por el cese de las importaciones, produciéndose en Murcia prácticamente el 75% del total nacional. Asimismo, los frutales y hortalizas sufren un retroceso en favor de los cereales. Por su parte, los regadíos se ven limitados por la escasez del recurso, cuya gestión se intenta racionalizar con el Decreto de 25 de abril de 1953 y la Orden Ministerial del Ministerio de Obras Públicas.

Este Decreto de 1953, junto con su Orden Ministerial, es un intento de ordenación que establece prioridades en el reparto de los recursos regulados cada año para el regadío. Entre otros aspectos, se indica que “serán preferentes en todo momento los regadíos tradicionales, siguiéndoles los correspondientes a las concesiones otorgadas para legalización de regadíos actuales, quedando en tercer lugar las concesiones correspondientes a nuevos regadíos contiguos a las zonas tradicionales y, por último las tres concesiones de Muía, Lorca y Campo de Cartagena”. Como se verá más adelante, la reacción surgida tras este Decreto puede ser considerado el detonante para promover la construcción del Acueducto ─o trasvase─ Tajo-Segura (ATS).

A su vez, se establece una estimación de superficie de riego:

Regadío tradicional consolidado en 1933: 38 200 ha
Ampliación 1933-1953 pendiente de consolidar
(Fuensanta):
8 300 ha
Regadío con sobrantes
(al amparo de la Ley de Aguas de 1879):
16 000 ha
Nuevos regadíos al amparo del decreto de 1953:12 500 ha
Total:75 000 ha

En la Figura 3 (Grindlay Moreno & Lizárraga Mollinedo, 2012) se muestra la estimación de la evolución de la superficie de regadío en Murcia entre 1953 y 2010. En la segunda mitad del siglo XX, esta superficie se triplicó.

Figura 3. Aproximación a la evolución de la superficie de regadío en la cuenca del Segura, 1953-2010. Imagen copiada de Regadío y territorio en la Región de Murcia: evolución y perspectivas de futuro (Grindlay Moreno & Lizárraga Mollinedo, 2012)

Además de los recursos super­fi­cia­les con la puesta en servicio, entre otros, de los embalses de Cenajo y Camarillas, y los cau­dales trasvasados por el ATS, hay un uso extensivo de las aguas subterráneas, como se refleja en la estimación de la Figura 4. Las extracciones se multiplicaron por 10 en la se­gun­da mitad del siglo XX, con gra­ves problemas de sobreexplo­ta­ción de acuíferos.

Figura 4. Evolución de los bombeos en acuíferos en la cuenca del Segura. Imagen copiada de Murcia y el Agua. Historia de una pasión (Vera Nicolás, 2005)

Bibliografía

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Zapata Nicolás, M., 1998. La Morera. Cangilón, Nº 17 . Diciembre de 1998. (Segundo Semestre), pp. 2-4.
Disponible en: cangilon.regmurcia.com/revista/N17/N17-01.pdf


[1] «Alporchón, la dotación de agua de un heredamiento; y en este sentido se dice: el alporchón de Tercia, el de Albacete, &c. De aquí pasó a significar también el acto en que se venden diariamente a pública subasta, y se distribuyen las aguas para el riego; y en este sentido se dice: Reglamento para el alporchón. Hoy han valido mucho las aguas en el alporchón &c. Algunos pretenden que la palabra alporchón designa únicamente el edificio donde se venden las aguas; pero el uso real y efectivo de esta palabra es el de expresar el acto de la subasta. El edificio se llama vulgarmente alporchón, porque en él se verifica este acto.» (Musso Valiente, 1833)

[2] Citando a (Pérez PIcazo, 1998)

[3] El tarquín son los limos o légamo que portan las aguas en las avenidas. El entarquinado era el riego que se hacía con esas aguas.

Autor:

Antonio de Lucas Sepúlveda

Doctor por la Universidad de Alcalá e Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos (UPM).
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