Desarrollo y sostenibilidad

Este artículo fue incluido en La Voz del Colegiado, nº 303 de abril de 2007.
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El pasado 19 de marzo se celebró en el salón de actos del Colegio la jornada “Sostenibilidad en el agua y la energía”, organizada por la Comisión de Medio Ambiente, la introducción a la primera parte de la jornada, correspondiente a la “Sostenibilidad en el agua”, corrió a cargo del autor de estas líneas. A continuación se recoge el texto de la intervención, con algunos retoques posteriores.

El presidente de los EE.UU. Harry Truman, en su discurso de investidura de 1949, presentó un nuevo programa de desarrollo internacional para contribuir a la mejora y crecimiento de las áreas subdesarrolladas. Al adjetivar por primera vez con gran difusión el término desarrollo y su opuesto, aplicando la calificación tanto de desarrollado como de subdesarrollado, se difundió con rapidez la posibilidad de clasificar a todos los países atendiendo a este criterio.

El nuevo concepto se extendió como un reguero de pólvora hasta alcanzar hoy una difusión planetaria, apoyándose en elaboraciones de economistas que le fueron otorgando el conveniente respaldo científico, asimilando el desarrollo al mero crecimiento de la renta o producto nacional, que las nacientes contabilidades nacionales empezaron a registrar sistemáticamente en la década de los años cincuenta, como bien relata José Manuel Naredo en su libro Raíces económicas del deterioro ecológico y social (2006).

El libro quizá más significativo de este proceso fue el de Rostow (1960): Las etapas del crecimiento: un manifiesto no comunista. Este libro estableció una tipología para clasificar a los países en la senda supuestamente universal del crecimiento económico, rebautizado como desarrollo. Se exponía que todos los países, por muy subdesarrollados que fueran, si obraban juiciosamente, podrían entrar en la fase de despegue y lanzarse al crecimiento rápido que les permitiría acortar distancias e incluso alcanzar a los países ricos o desarrollados. (En el supuesto de que estos países no siguieran a su vez creciendo, con lo que el alcance podría enmarcarse en el tipo de problemas de Aquiles y la tortuga.)

La propuesta de Rostow superó con éxito las numerosas matizaciones y objeciones de las que fue objeto durante las siguientes décadas. Fueron así pasando los empeños y modas de propugnar un desarrollo integrado, endógeno e incluso humano, quedando como única referencia el crecimiento de la renta o producto nacional.

En los últimos años, la denominada mitología del desarrollo ha salido también indemne de las objeciones que se le hicieron desde la década de los años setenta, al subrayar el absurdo que suponía proponer la meta de un crecimiento ilimitado en un mundo finito con recursos limitados de todo tipo (suelo, minerales, agua, energía…) Se ha respondido reforzando la meta del desarrollo con el calificativo de sostenible. Se consigue así un discurso único, blindado contra cualquier otro que trate de poner en cuestión su significado.

La nueva meta del desarrollo sostenible venía así a camuflar el antiguo conflicto entre desarrollistas y conservacionistas, logrando el consenso formal entre ambos sin cuestionar los objetivos iniciales del desarrollo.

El artículo 2 del Tratado de Ámsterdam, que ratifica los compromisos de la Unión Europea, tiene la virtud de compendiar lo expuesto anteriormente: La Comunidad (Europea) tendrá por misión promover […] un desarrollo armonioso, equilibrado y sostenible de las actividades económicas […], un crecimiento sostenible y no inflacionario, un alto grado de competitividad […], un alto nivel de protección y mejora del medio ambiente, la elevación del nivel de calidad de vida, la cohesión económica y social.

Pero no todos los pensadores aceptan el paradigma de la sostenibilidad acríticamente. Federico Mayor Zaragoza afirmaba (1997): No debemos confundir sostenibilidad con una noción estática de la preservación; civilización como desarrollo presupone una interacción dinámica con la naturaleza.

Desde el campo de la sociología, se nos presenta otra visión del desarrollo enmarcado en las ideas de la modernidad. Así, Ulrich Beck, profesor de la Universidad de Munich y uno de los sociólogos de mayor influencia mundial en la actualidad afirma en su libro La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad (1986): ahora se pretende que el diablo de la economía se santigüe con el agua bendita de la nueva ética y adopte una apariencia de santo en relación con la naturaleza. Continúa Beck: Todo continuará su curso, con algunas correcciones ecológicas, dada la falta de alternativa a la vía del desarrollo de la sociedad industrial. Debemos hacer lo mismo de siempre, sólo que a mayor escala, con mayor rapidez y en mayor cantidad. La modernización significa innovaciones constantes. Hay que evitar los peligros del intervencionismo del Estado orientado ecológicamente: autoritarismo científico y burocracia excesiva. Modernización significa autonomía, diferenciación e individualización, reconociendo que una sociedad instalada en la modernidad no tiene —no debe tener— ningún centro de decisión.

Llegados a este punto, nos detendremos un momento en recordar la advertencia de Popper en el ya lejano año 1957 en su célebre libro La sociedad abierta y sus enemigos: si planificamos demasiado, si le damos demasiado poder al Estado, entonces perderemos la libertad y ése será el fin de nuestra planificación. La tentativa de llevar el cielo a la tierra produce como resultado invariable el infierno. Advertencia que no conviene perder de vista ante el nuevo ciclo de planificación hidrológica que ahora comienza bajo el paraguas teológico de la Directiva Marco del Agua de la Unión Europea.

La utilización del calificativo teológico viene sugerido por la puesta en escena de la Directiva Marco, con sus dogmas y textos sagrados (el buen estado, ecológico y la recuperación de costes); sus exégetas y profetas (del campo del ambientalismo); sus concilios y conferencias nacionales (el almacén de guías metodológicas); sus ritos y liturgias (la participación pública); en fin, las culpas y pecados (cartas de emplazamiento, régimen de sanciones). ¿No habría que efectuar una interpretación más racional y prudente de la Directiva, más incardinada en nuestro valioso acervo cultural en los campos de la técnica, las realizaciones y la legislación hidráulica?

Ante este panorama, quizá resulte acertado el último párrafo de la Declaración de Monfragüe de 28 de septiembre de 2002 en el que se manifestaba: Con esta Declaración, la Comisión de Medio Ambiente del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos desea manifestar ante la sociedad en general, y en el colectivo de ingenieros de Caminos, Canales y Puertos en particular, la necesidad de impulsar decididamente las actuaciones propias de la ingeniería civil en el camino hacia un mundo sostenible, como aspiración hacia una meta de sostenibilidad que sólo se podrá ir alcanzando progresivamente y de forma dinámica.

Bibliografía

  • Beck, U. (1986): La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad. Paidós, Barcelona, 1998.
  • Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos (2002): Declaración de Monfragüe. 28 de septiembre de 2002. Comisión de Medio Ambiente. http://www.ciccp.es
  • López-Camacho, B. (2000): “El uso ecológico del agua. Prioridades según el pensamiento social. Nueva ética del agua”. Revista OP, núm. 50. Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.
  • Popper, K. R. (1957): La sociedad abierta y sus enemigos. Ediciones Paidós, Barcelona, 1994.
  • Mayor Zaragoza, F. (1997): Water and civilization. Keynote adress given at the First World Water Forum held in Marrakesh, Moroco, 22 march 1997. http://pangea.ucp.es/org/unesco/wat10/w10fea.htm
  • Naredo, J. M. (2006): Raíces económicas del deterioro ecológico y social. Más allá de los dogmas. Siglo XXI de España Editores S.A.
  • Rostow,  W. (1960): The Stages of Economic Growth: a Non-Comunist Manifiesto. Cambridge Unitersity Press (Trad. al cast: 1961, México, FCE).

Autor:

Bernardo López-Camacho y Camacho

Dr. Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos
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